Correcciones entre colegas

En su texto “Científicos con sensibilidad lingüística: escribanos sin derecho a borrón”,  publicado en la revista Panacea, Enrique Saldaña habla de cómo la corrección de textos puede lograr que el corrector en cuestión se haga acreedor a un odio encarnizado y no, como se podría esperar, a un respeto bien ganado. Saldaña inicia su texto de la siguiente manera:

“En la mayoría de los entornos laborales en los que se desarrollan actividades intelectuales, las personas con sensibilidad lingüística solemos ser tan apreciadas como aborrecidas. Una vez que hemos adquirido fama de puntillosos, pejigueros, meticulosos, quisquillosos, puristas, escrupulosos, perfeccionistas o picajosos —que de estas y de otras muchas maneras se acostumbra a denominarnos—, esta reputación impregna las relaciones con nuestros compañeros de trabajo. Para ellos, el amante del idioma se convierte en un ser extraño al que todos acuden cuando se ven acosados por dudas lingüísticas, pero del que reniegan en cuanto realiza críticas o comentarios idiomáticos sin que se los hayan solicitado.

La etiqueta de partidario de la corrección lingüística conlleva una serie de efectos inevitables. Por ejemplo, los colegas que antes valoraban nuestra opinión profesional prescinden paulatinamente de ella. Es como si el miedo a recibir críticas sobre la forma de un texto o documento pesara más que lo que pudiéramos aportar a su fondo. Por irracional que suene, son muchos los que llegan a renunciar hasta a la más experta de las opiniones con tal de no quedar en evidencia por una coma demás o de menos. Y así, poco a poco, se nos deja de pedir que revisemos escritos e informes o que formemos parte de comités y tribunales (y conste que este hecho no es del todo malo si se tiene en cuenta el tiempo que tales actividades requieren).”

Otra consecuencia es que los que rodean al puntilloso se convierten en aves de presa deseosas de pillarle en un renuncio. Cualquiera puede escribir sin ruborizarse un texto atestado de errores, pero que no se le ocurra al lingüista aficionado poner una sola falta, porque sus colegas rápidamente se lo reprocharán, e incluso airearán el descuido. Da la impresión de que piensan que el que a uno le guste la corrección debería inmunizarlo contra todo tipo de errores ortográficos, tipográficos, semánticos o sintácticos; se mantienen, así, al acecho con la esperanza de gritarle al mundo, ante el más mínimo desliz, que los que gustan de hablar bien y escribir mejor son los únicos escribanos sin derecho a borrón.”

Y continúa con una anécdota que ejemplifica a la perfección aquello que afirma.

“Hace pocas semanas, un buen colega mío (llamémosle «Pablo») recibió una excelente noticia: un enjundioso texto científico suyo, publicado originalmente en inglés, se había traducido al japonés. Lleno del lógico orgullo, nos envió a sus compañeros de trabajo una copia del documento en formato pdf, acompañada del siguiente mensaje, que reproduzco sin modificar nada más que el nombre del autor:

Os adjunto la ultima publicacion por si os resulta interesante,

Sera curioso ver que comentarios linguisticos tiene esta vez el Dr. Saldaña

pablo

No oculto que el mensaje me escoció un poco. Resultaba evidente que mi colega pensaba desquitarse de las veces que yo le había enmendado textos en español y me estaba tendiendo una trampa con la esperanza de que yo reconociera mi incapacidad de mejorar el texto japonés. Abrí el documento y, como temía, no entendí una palabra, pues estaba escrito íntegramente en caracteres orientales. Pero, a pesar de que el japonés no figura en absoluto entre mis habilidades idiomáticas, el reto parecía demasiado tentador como para dejarlo pasar, y esto es lo que le respondí: Me temo, Pablo, que tu texto es sumamente mejorable. Tu mensaje, de tan sólo veintitrés palabras, contiene las siguientes faltas:

 1. «ultima»: Este adjetivo femenino es palabra esdrújula; debería llevar tilde en la «u».

2. «publicacion»: Se trata de una voz aguda terminada en «n». Como la última sílaba contiene el diptongo «io», debería llevar tilde en la vocal abierta tónica, que es la «o».

3. La primera línea del mensaje termina con una coma. Da la impresión, no obstante, de que esta línea contiene una frase completa, y esta idea se desprende tanto de su contenido semántico como del hecho de que la primera palabra de la siguiente línea comience con mayúscula. Si es así, el signo ortográfico correcto para cerrar una frase no es la coma, sino el punto.”

 [Para ver el resto de las correcciones consulta el artículo en Panacea.]

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Los derechos de los traductores

Los derechos de los traductores

Texto de Valentín García Yebra, de la Real Academia, Publicado en el diario ABC de España.

En un artículo reciente, hablé del derecho moral de los traductores a la mención de su nombre cuando se citan palabras traducidas por ellos. No hacerlo así es tan censurable como reproducir un pasaje escrito en nuestra propia lengua poniéndolo entre comillas pero callando el nombre de su autor.

Otro derecho de los traductores es que, cuando se reseñan obras traducidas, se preste atención no sólo a su contenido, sino también a la calidad de la traducción. Del contenido de la obra sólo es responsable el autor. Pero el mérito o demérito de su expresión en la nueva lengua corresponde sobre todo al traductor. Claro está que para poder opinar sobre esto sería preciso comparar el texto de la obra original con el de su versión, lo cual, habitualmente, no está al alcance de los críticos.

La traducción no suele atraer la mirada de los críticos literarios. No suelen estos considerar hasta qué punto depende del traductor el éxito o el fracaso de la obra original. Sin embargo, la calidad de la traducción es de importancia vital para la obra traducida.

Pero no me interesa ahora ampliar mi exposición anterior sobre los derechos morales de los traductores, sino exponer algunas ideas sobre sus derechos económicos, es decir, sobre la remuneración de su trabajo.

En una conferencia que hace ya más de treinta años, el 26 de abril de 1968, di en el Hoger Instituut voor Vertalers en Tolken de Rijksuni versitair Centrum de Amberes, hablé sobre las relaciones entre editores y traductores. Sostuve allí, y sigo pensando, que el traductor no está con el editor que le encarga o acepta su trabajo en relación de simple dependencia, sino de dependencia mutua o interdependencia. Sin el traductor, el editor sólo podría ofrecer a sus clientes obras escritas en la lengua de éstos; se asemejaría a un promotor turístico que limitase sus servicios al territorio de su provincia.

No me propongo ahora exponer qué es lo que un buen editor puede esperar y hasta exigir de un traductor. Me interesa poner de manifiesto qué es lo que un traductor -un buen traductor, se entiende- tiene derecho a esperar de su editor. Son, fundamentalmente, dos cosas: en primer lugar, la consideración debida a quien profesa con decoro un arte noble y difícil y, como secuela natural de esa consideración y estima, una remuneración digna de su trabajo.

En España, lamentablemente, no suele concederse gran aprecio al arte de traducir. Hay, es cierto, gratas excepciones. Pero la regla suele ser la indiferencia frente a la traducción bien hecha. Ya Menéndez Pelayo lamentaba esta situación española, comparándola con lo que sucede en otras partes. “Yo sé -escribió en sus Estudios y Discursos de Crítica histórica y literaria: Don José Alealá Galiano, Poemas de Lord Byron, V. pág. 376- que en España este trabajo no logra estimación ni aplauso; pero sé también que en otros países no acontece lo propio. Sé que Leopardi y Foscolo han dejado quizá mayor número de versos traducidos que de versos originales; sé que Monti debe la mayor parte de su fama de poeta a su traducción de la Ilíada (más hermosa que fiel) y sé, por último, que este mismo Byron, de quien venimos tratando, no tuvo a menos ejercitarse con repetición y ahínco en este género de tareas”.

El poco aprecio de la traducción es antiguo entre nosotros. Ya Cervantes hizo decir al Ingenioso Hidalgo, referiéndose a la traducción del italiano, que “el traducir de lenguas fáciles no arguye ingenio ni elocución”. Y, más próximo a nosotros, en su célebre ensayo Miseria y esplendor de la traducción, sin limitar su juicio a las “lenguas fáciles”, afirma Ortega que “la traducción es una modesta ocupación (…) en el orden intelectual no cabe faena más humilde”.

Es cierto que ni Cervantes ni Ortega expresan como propias estas opiniones, sino que las atribuyen a sus personajes. Pero las comparten muchos compatriotas de ambos escritores. En general, logra entre nosotros más prestigio quien escribe de manera mediocre o incluso mal un libro propio -aunque a veces sólo tenga de propio el disfraz de las ideas ajenas o la ocultación de sus fuentes que quien traduce bien y hasta con maestría un libro ajeno.

Sin llegar a tales extremos, es frecuente que también los editores subestimen el mérito de una traducción bien hecha. Error notable, pues de la calidad de la traducción depende en gran medida el éxito de las obras procedentes de una lengua ajena.

¿Como puede un editor manifestar su aprecio al buen traductor? Ante todo, con el elogio (verbal, y, si procede, también escrito) de la labor bien hecha. La alabanza del editor será para el traductor no sólo una compensación moral de su trabajo, sino también estímulo para nuevos esfuerzos. El buen traductor es un artista de la palabra escrita, y todo artista, aunque intente disimularlo, es sensible al elogio.

Estrechamente vinculada a la manifestación de aprecio por parte del editor está su generosidad en la remuneración de la labor traductora. Son varios los factores que pueden limitar la esplendidez del editor, suponiendo que la tenga. En primer lugar está el hecho de que muchas traducciones requieren la intervención de un revisor antes de publicarse. Esto ocasiona gastos que, en justicia, deberían cargarse a los traductores que los originan. Para evitar los disgustos y discusiones que tal solución produciría, el editor preferirá rebajar la tarifa general de las traducciones a fin de pagar a los correctores con la diferencia entre lo que es y lo que debiera ser la remuneración de los traductores.

Pero el factor que más limita la posibilidad de pagar satisfactoriamente a los buenos traductores es la cuantía de los derechos habitualmente exigidos por los propietarios de las obras originales. Estos derechos suelen oscilar entre el 6 por ciento y el 8 por ciento del precio de cubierta para los primeros miles de ejemplares vendidos, con el anticipo de una candidad fija al firmarse el contrato, y el 10 por ciento para los millares siguientes. Teniendo en cuenta que a los autores de obras escritas en español suele pagárseles el 10 por ciento del precio de venta, al editor le queda, para pagar una traducción, entre un 4 por ciento y un 2 por ciento en los primeros millares, y el 0 por ciento en los millares siguientes. No es remuneración satisfactoria la que el buen traductor suele recibir por la primera edición de la obra traducida. Y es injusto que, si se hacen de ella nuevas ediciones, no participe del éxito que en gran parte se le debe.

En mi conferencia de Amberes propuse una fórmula que sigue pareciéndome viable y equitativa. Los autores y editores de las obras originales deberían limitar al 7 por ciento, para todos los ejemplares, sus exigencias de derechos sobre las obras traducidas. Y el traductor recibiría el 3 por ciento del precio de cada ejemplar vendido, no sólo de la primera edición sino también de las ediciones siguientes. Así, los editores de obras traducidas, sin pagar por ellas más derechos que por las obras originales, retribuirían mejor al traductor, que permanecería vinculado al éxito de su trabajo.

Una mejor remuneración de los traductores acrescentará su prestigio; y hará que se incorporen a su profesión personas bien dotadas, que, si no, buscarán para su actividad otros horizontes.

Por eso los traductores deben exigir, individual y corporativamente, la digna remuneración de su trabajo. Pero han de tener presente que la reclamación de derechos tiene que apoyarse en el cumplimiento de deberes. Y los deberes de un traductor se resumen en traducir siempre lo mejor posible.

Castellano bien templado

Fragmento del texto de Miguel Sáenz, traductor literario, para la revista de traducción Entreculturas.

Castellano bien templado

“Das Märchen ist ganz musikalisch”

(El cuento es muy musical)

Novalis

Entre los cientos de metáforas que se han utilizado para describir el misterioso proceso (Borges) de la traducción, la de la interpretación musical ha sido siempre mi preferida. Cuando me sitúo ante un texto (que normalmente coloco en un atril), me siento como un músico dispuesto a acometer la tarea de descifrar, asimilar y expresar lo que otro compuso. Por eso me sorprendió que, en el excelente programa de Radio Nacional “A dos voces” de Luis Gago, dos traductores, Amaya Lacasa (Bulgakov, Pushkin, otros) y Eustaquio Barjau (Peter Handke, pero también Hölderlin o Rilke), ambos de gran sensibilidad musical, rechazaran el paralelismo. Para Lacasa, traducir era algo muy distinto de interpretar; para Barjau, algo mucho más modesto. Menos mal que otro día, en el mismo programa, Javier Marías (Sterne, Conrad, Ashbery, Yeats) dijo que, en su opinión, las traducciones eran como variaciones sobre un tema original.

Desde entonces no he hecho más que dar vueltas a la cuestión, y cada vez me convenzo más de que la metáfora es válida, sumamente  válida… siempre que no se olvide que se trata de una metáfora (etimológicamente, una “traslación”) y no de una igualdad absoluta reconfortado encontrar un texto de la finlandesa Oili Suominen: “Todos los traductores de Grass tienen la misma partitura delante, pero cada uno toca su propia interpretación y frasea a su modo, y cada instrumento tiene su propio sonido”.

En mi opinión se trata de una imagen tan útil, en muchos aspectos, que no me resisto a enumerar algunos. En primer lugar, el de las relaciones entre autor y traductor, y entre original y obra traducida. Si la traducción es una interpretación (musical) del texto, resulta perfectamente comprensible por qué puede haber innumerables traducciones válidas; y por qué una (o varias) de ellas puede ser considerada como “de referencia” (no me gusta la palabra “canónica”, ninguna traducción “va a misa”), es decir, como la traducción que hay que leer si no se domina el idioma original o como la traducción de la que no se podrá prescindir si se quiere hacer otra, aunque sea para rebelarse contra ella o para dejarla en ridículo. Muy benjaminiamente comprende también por qué la versión del propio autor es sólo la primera, y todas las demás vienen a completarla y enriquecerla; por qué es imaginable (al menos teórica y, en alguna ocasión, prácticamente), que esa primera interpretación no sea necesariamente “la mejor”… (¿Es realmente Strawinsky quien mejor dirigió a Strawinsky, o cabe preferir las versiones de Ernest Ansermet?). Se puede resolver la vieja discusión de si el traductor nace o se hace, porque las Facultades se nos convierten en conservatorios en donde los futuros traductores estudian técnicas y aprenden fundamentos teóricos (llámense como se llamen, pero en el fondo solfeo, armonía y composición), aunque necesiten también algo que ningún conservatorio, ninguna facultad universitaria puede darles; y entendemos asimismo por qué proliferan actualmente los traductores de digitación vertiginosa, pero sin alma. Por qué “envejecen” las traducciones: es sólo porque su estilo de interpretar ha pasado de moda. Se nos aclara también, y no es poco, el problema de los instrumentos antiguos, es decir, de los “castellanos” de época que debemos –o no debemos– emplear al traducir los clásicos, discusión que en el ámbito musical no parece haber terminado y que en el de la traducción sigue igualmente abierta.

La metáfora musical ayuda también a comprender el problema de la necesaria empatía entre autor y traductor, entre compositor e intérprete. Nos recuerda que no se puede  traducir, interpretar hoy a Schumann o Schnitzler como interpretaríamos a Kafka o Janáček; nos enfrenta con el problema de si un traductor o un músico es una “chica para todo” que puede interpretar a cualquier autor, o si debe y tiene que especializarse; de si hay “voces” traductoras más adaptadas al bel canto y otras que se prestan más al verismo; si hay que tener cierta edad, o cierta experiencia (o ambas cosas), para traducir/interpretar a Wagner o Shakespeare; es decir, si un intérprete debe esperar a que su voz se ensanche y afirme antes de cantar el Tristán… y no traducir el King Lear antes de cumplir los sesenta años. De si puede ocurrir que un traductor, veinticinco años después de haber interpretado sus Variaciones Goldberg, pueda sentir, como Glenn Gould, la irresistible necesidad de grabarlas de nuevo, de hacer una nueva traducción. Y, en el plano universitario, si no tendría que haber para los traductores manuales de ejercicios como el Czerny para el piano o el Dionisio Aguado para la guitarra, o si alguien no debería inventarse un método Suzuki para enseñar a los niños a tocar, desde muy pequeños, el violín de la traducción… De paso, también resulta evidente por qué el nombre del traductor debe figurar en la portada del libro: nadie quiere escuchar simplemente una Novena de Mahler sino una Novena de Mahler dirigida, por ejemplo, por Abbado.

Sin embargo, hora es ya de explicar el título de este artículo. La verdad es que el título que yo di cuando se me pidió, mucho antes de escribir una sola línea, fue “El castellano bien temperado”, en obvia alusión a la famosa obra de Bach. Sin embargo, cuando vi que el título se había transformado en “El castellano bien templado” – no sé si por error o porque alguien pensó que “templar” era más castellano – me gustó. En el fondo yo quería hablar de un instrumento (el idioma español) bien temperado, pero también, por supuesto, bien templado.

Para leer el texto completo pincha en Entreculturas.

Estados generales del multilingüismo

Texto de María Teresa Gallego Urrutia, vicepresidenta de ACE Traductores, para la celebración del Día Europeo de las Lenguas.

Cuenta la Biblia que un día Dios se asustó del poder de los hombres y decidió debilitarlos sembrando la confusión y la incomunicación entre ellos. Y, para eso, los privó de una lengua común y les dio muchas lenguas.

Y la conclusión es para mí, de forma inequívoca, que el traductor es aquel que desafía a Dios, libera a los hombres y les devuelve esa fuerza de la que se los quiso privar.

Y quizá podamos decir también entonces que el traductor es en cierto modo como Prometeo.

Soy traductora literaria. Traduzco desde hace cuarenta años al castellano la literatura francesa. Y, por consiguiente, mi enfoque de la traducción, mi relación con la traducción es la de los traductores de literatura, de los que dice José Saramago que, si bien los escritores hacen las literaturas nacionales, son los traductores quienes hacen la literatura universal.

Pero quiero recalcar que el hecho de traducir es siempre el mismo, sea cual sea su vertiente. Y quiero aprovechar para saludar y manifestar mi admiración por su labor a mis colegas traductores que están en este momento en las cabinas de traducción simultánea. Traducir es siempre apropiarse un texto en una lengua y volverlo a crear en otra. Es interpretar la misma melodía con un instrumento diferente. Es transponer. Y aunque su materia inmediata sea la lengua, las lenguas, va mucho más allá. Porque ¿qué son las lenguas sino la plasmación de las formas que tiene el hombre de relacionarse con la vida y con el entorno, de las formas diversas que tiene el hombre de vivir el mundo, en el mundo, con el mundo? Por eso, cada vez que se pierde una lengua la humanidad se queda un poco ciega.

Y, en consecuencia, al traducir las lenguas, lo que traducimos a la postre es al hombre. Lo traducimos para los demás hombres. Los traductores traducen a los hombres, los traducen a los unos para los otros, en los hospitales, en los juzgados, en las agencias de prensa, en las conferencias y congresos internacionales, en las instituciones mundiales, en las páginas de Internet hoy en día, en todas partes. Y, por supuesto, de forma trascendental, necesaria, vital, en la literatura. Si pensamos en ello, miremos donde miremos, antes o después, y más bien antes que después, tendrá que haber un traductor, habrá un traductor. Siempre los hubo, prueba de ello es que se los puede nombrar con palabras antiguas, como, por ejemplo, la armoniosa palabra castellana trujamán, que nos viene del árabe clásico a través del árabe andaluz, como tantas otras palabras castellanas.

Con una frase ya harto conocida lo dijo Steiner: “Sin traducción, habitaríamos provincias lindantes con el silencio.”

Y, si me centro en mi campo específico, en la traducción literaria, ¿cómo concebir una literatura sin traductores? ¿Cómo admitir que alguien se viera privado de leer cuanto los escritores escribieron, escriben, escribirán? ¿Cómo pensar que pudieran no existir esos otros escritores, porque escritores son los traductores literarios, que recrean las obras, que transponen su música y su letra, que interpretan la clave de sol de una lengua en la clave de fa o en la clave de do de otra lengua?

 

Para leer más, visita la revista Vasos comunicantes en su versión electrónica en ACETraductores.

Insignificante

imagen de 400asa.org

Fragmento del cuento “Insignificante”, incluido en el libro Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira de Jaspreet Singh, traducido por Edith Verónica Luna y publicado por Páramo ediciones.

INSIGNIFICANTE

Aquella noche la doctora Nooria Gul Naz vestía su resplandeciente camisón y se encontraba comiendo fruta seca cuando el chofer del general Manto tocó a la puerta.

            —­­­­­­Ya pasa de la media noche pero espere, deme cinco minutos —dijo y corrió hasta su habitación. Se vistió de la misma manera en la que se vestía para asistir al hospital del ejército por las mañanas: un sencillo sari del uniforme color kakhi con charreteras de plata en la blusa. Enroscó su cabello en un moño y lo escondió debajo de su cofia café. Desde que había entrado en el ejército había dejado de embellecerse. Era una mujer pequeña de metro y medio y, esa noche, se veía aún más pequeña de lo común, a pesar de ir caminando sobre sus tacones de diez centímetros hacia el jeep estacionado afuera de su casa.

            En el asiento delantero viajaba la madre del general envuelta en un mantón negro; la mujer volvió la vista sobre su hombro y saludó a la doctora. Gul Naz cedió su maletín médico al chofer, el hombre abrió la puerta trasera y la ayudó a sentarse en el inmaculado asiento de piel. A continuación, el hombre condujo como un ave hasta la residencia ubicada en las faldas de la montaña Sulfuro.

            —No se preocupe —dijo la anciana a la doctora—, cuando lo ausculte yo estaré en la misma habitación.

            La última vez que Gul Naz había auscultado a un hombre había sido durante su residencia en el colegio de medicina en Srinagar, la capital veraniega de la región. Mientras estuvo en el hospital del ejército todas sus pacientes fueron mujeres, las esposas enfermas cuyos maridos pertenecían al regimiento y que sólo la visitaban durante el día.

            —¿Se trata de algo grave? —preguntó Gul Naz tallándose los ojos.

            —Ya lo verá —respondió la anciana.

            Uno de los guardias abrió el alto portón de metal e indicó al jeep que entrara. Los faros iluminaron la gigantesca mansión amarilla de estuco y la figura del ordenanza que se encontraba de pie sobre la veranda. El ordenanza se acercó deprisa a las dos mujeres, chocó los talones ante Gul Naz, pues ella ostentaba un rango equivalente al de capitán, y entonces ayudó a la imponente mujer a bajar del jeep.

            —Lleve a la doctora-sahiba al salón —instruyó la anciana. —Sírvale un café cargado para que despierte. Entretanto, yo le prepararé el sahib. Espere. ¿A donde va? Cargue el maletín médico de la doctora.

            —No, no. —dijo la doctora.             

            En el interior, el aire estaba viciado, muerto al igual que los trofeos de un cazador. Las cornamentas de los venados colgadas de las paredes sorprendieron a Gul Naz conforme caminaba a través del salón con el taconeo de sus zapatos. Abrió la ventana y una brisa fresca revolvió las cortinas enrollándolas en sus codos.

            —Debí recoger el historial médico del general Manto en el hospital —se dijo en tono de desaprobación.

            Las destellantes luces que brillaban abajo, en el valle, le dejaron una sensación de vértigo. Retrocedió, se sentó en el sofá y la envolvió una luz pálida. A su lado izquierdo se encontraba una pintura oscura enorme recargada en una silla. Examinó a la mujer que ahí aparecía: tenía un rostro estrecho con facciones adustas, una nariz un tanto torcida y llevaba en la mano izquierda tres frutas perfectamente rojas. Los ojos de la mujer se precipitaron hacia abajo como si acabasen de ver un hombre desnudo. Gul Naz se inclinó aún más hacia a adelante para acercarse. Detrás de ella, el artista había aplicado tanta pintura a las figuras de los árboles, que parecían trapezoides, una especie de ataúdes verticales. Había cantidades enormes de personas que salían de las barracas, de las grietas y de los trapezoides. Gul Naz había escuchado los rumores en el regimiento en los cuales se decía que la exesposa del general Manto era la autora de dicha pintura.

            —Señora, dijo el ordenanza—, el café está servido. Dejó una charola ovalada con un fulgor plateado en el centro de la mesa y conforme agitaba el azúcar en la taza se percató del espacio vació del muro en el que alguna vez estuvo colgado el cuadro.

            El café apuñaló su paladar como si fuese un alambre de púas; cerró los ojos, sintió que se estaba transformando en esa pintura. La voz apremiante del ordenanza la sacó de su concentración diciendo —Señora, el general-sahib está listo.

            —En cinco minutos —indicó y bebió el líquido con demasiada rapidez quemándose, al hacerlo, la punta de la lengua. Limpió sus labios con una servilleta almidonada y colocó la taza volteada de cabeza sobre la charola. A continuación cerró los ojos de nuevo y elevó una oración a Alá.