Insignificante


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Fragmento del cuento “Insignificante”, incluido en el libro Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira de Jaspreet Singh, traducido por Edith Verónica Luna y publicado por Páramo ediciones.

INSIGNIFICANTE

Aquella noche la doctora Nooria Gul Naz vestía su resplandeciente camisón y se encontraba comiendo fruta seca cuando el chofer del general Manto tocó a la puerta.

            —­­­­­­Ya pasa de la media noche pero espere, deme cinco minutos —dijo y corrió hasta su habitación. Se vistió de la misma manera en la que se vestía para asistir al hospital del ejército por las mañanas: un sencillo sari del uniforme color kakhi con charreteras de plata en la blusa. Enroscó su cabello en un moño y lo escondió debajo de su cofia café. Desde que había entrado en el ejército había dejado de embellecerse. Era una mujer pequeña de metro y medio y, esa noche, se veía aún más pequeña de lo común, a pesar de ir caminando sobre sus tacones de diez centímetros hacia el jeep estacionado afuera de su casa.

            En el asiento delantero viajaba la madre del general envuelta en un mantón negro; la mujer volvió la vista sobre su hombro y saludó a la doctora. Gul Naz cedió su maletín médico al chofer, el hombre abrió la puerta trasera y la ayudó a sentarse en el inmaculado asiento de piel. A continuación, el hombre condujo como un ave hasta la residencia ubicada en las faldas de la montaña Sulfuro.

            —No se preocupe —dijo la anciana a la doctora—, cuando lo ausculte yo estaré en la misma habitación.

            La última vez que Gul Naz había auscultado a un hombre había sido durante su residencia en el colegio de medicina en Srinagar, la capital veraniega de la región. Mientras estuvo en el hospital del ejército todas sus pacientes fueron mujeres, las esposas enfermas cuyos maridos pertenecían al regimiento y que sólo la visitaban durante el día.

            —¿Se trata de algo grave? —preguntó Gul Naz tallándose los ojos.

            —Ya lo verá —respondió la anciana.

            Uno de los guardias abrió el alto portón de metal e indicó al jeep que entrara. Los faros iluminaron la gigantesca mansión amarilla de estuco y la figura del ordenanza que se encontraba de pie sobre la veranda. El ordenanza se acercó deprisa a las dos mujeres, chocó los talones ante Gul Naz, pues ella ostentaba un rango equivalente al de capitán, y entonces ayudó a la imponente mujer a bajar del jeep.

            —Lleve a la doctora-sahiba al salón —instruyó la anciana. —Sírvale un café cargado para que despierte. Entretanto, yo le prepararé el sahib. Espere. ¿A donde va? Cargue el maletín médico de la doctora.

            —No, no. —dijo la doctora.             

            En el interior, el aire estaba viciado, muerto al igual que los trofeos de un cazador. Las cornamentas de los venados colgadas de las paredes sorprendieron a Gul Naz conforme caminaba a través del salón con el taconeo de sus zapatos. Abrió la ventana y una brisa fresca revolvió las cortinas enrollándolas en sus codos.

            —Debí recoger el historial médico del general Manto en el hospital —se dijo en tono de desaprobación.

            Las destellantes luces que brillaban abajo, en el valle, le dejaron una sensación de vértigo. Retrocedió, se sentó en el sofá y la envolvió una luz pálida. A su lado izquierdo se encontraba una pintura oscura enorme recargada en una silla. Examinó a la mujer que ahí aparecía: tenía un rostro estrecho con facciones adustas, una nariz un tanto torcida y llevaba en la mano izquierda tres frutas perfectamente rojas. Los ojos de la mujer se precipitaron hacia abajo como si acabasen de ver un hombre desnudo. Gul Naz se inclinó aún más hacia a adelante para acercarse. Detrás de ella, el artista había aplicado tanta pintura a las figuras de los árboles, que parecían trapezoides, una especie de ataúdes verticales. Había cantidades enormes de personas que salían de las barracas, de las grietas y de los trapezoides. Gul Naz había escuchado los rumores en el regimiento en los cuales se decía que la exesposa del general Manto era la autora de dicha pintura.

            —Señora, dijo el ordenanza—, el café está servido. Dejó una charola ovalada con un fulgor plateado en el centro de la mesa y conforme agitaba el azúcar en la taza se percató del espacio vació del muro en el que alguna vez estuvo colgado el cuadro.

            El café apuñaló su paladar como si fuese un alambre de púas; cerró los ojos, sintió que se estaba transformando en esa pintura. La voz apremiante del ordenanza la sacó de su concentración diciendo —Señora, el general-sahib está listo.

            —En cinco minutos —indicó y bebió el líquido con demasiada rapidez quemándose, al hacerlo, la punta de la lengua. Limpió sus labios con una servilleta almidonada y colocó la taza volteada de cabeza sobre la charola. A continuación cerró los ojos de nuevo y elevó una oración a Alá.

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2 comentarios en “Insignificante

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