Estados generales del multilingüismo


Texto de María Teresa Gallego Urrutia, vicepresidenta de ACE Traductores, para la celebración del Día Europeo de las Lenguas.

Cuenta la Biblia que un día Dios se asustó del poder de los hombres y decidió debilitarlos sembrando la confusión y la incomunicación entre ellos. Y, para eso, los privó de una lengua común y les dio muchas lenguas.

Y la conclusión es para mí, de forma inequívoca, que el traductor es aquel que desafía a Dios, libera a los hombres y les devuelve esa fuerza de la que se los quiso privar.

Y quizá podamos decir también entonces que el traductor es en cierto modo como Prometeo.

Soy traductora literaria. Traduzco desde hace cuarenta años al castellano la literatura francesa. Y, por consiguiente, mi enfoque de la traducción, mi relación con la traducción es la de los traductores de literatura, de los que dice José Saramago que, si bien los escritores hacen las literaturas nacionales, son los traductores quienes hacen la literatura universal.

Pero quiero recalcar que el hecho de traducir es siempre el mismo, sea cual sea su vertiente. Y quiero aprovechar para saludar y manifestar mi admiración por su labor a mis colegas traductores que están en este momento en las cabinas de traducción simultánea. Traducir es siempre apropiarse un texto en una lengua y volverlo a crear en otra. Es interpretar la misma melodía con un instrumento diferente. Es transponer. Y aunque su materia inmediata sea la lengua, las lenguas, va mucho más allá. Porque ¿qué son las lenguas sino la plasmación de las formas que tiene el hombre de relacionarse con la vida y con el entorno, de las formas diversas que tiene el hombre de vivir el mundo, en el mundo, con el mundo? Por eso, cada vez que se pierde una lengua la humanidad se queda un poco ciega.

Y, en consecuencia, al traducir las lenguas, lo que traducimos a la postre es al hombre. Lo traducimos para los demás hombres. Los traductores traducen a los hombres, los traducen a los unos para los otros, en los hospitales, en los juzgados, en las agencias de prensa, en las conferencias y congresos internacionales, en las instituciones mundiales, en las páginas de Internet hoy en día, en todas partes. Y, por supuesto, de forma trascendental, necesaria, vital, en la literatura. Si pensamos en ello, miremos donde miremos, antes o después, y más bien antes que después, tendrá que haber un traductor, habrá un traductor. Siempre los hubo, prueba de ello es que se los puede nombrar con palabras antiguas, como, por ejemplo, la armoniosa palabra castellana trujamán, que nos viene del árabe clásico a través del árabe andaluz, como tantas otras palabras castellanas.

Con una frase ya harto conocida lo dijo Steiner: “Sin traducción, habitaríamos provincias lindantes con el silencio.”

Y, si me centro en mi campo específico, en la traducción literaria, ¿cómo concebir una literatura sin traductores? ¿Cómo admitir que alguien se viera privado de leer cuanto los escritores escribieron, escriben, escribirán? ¿Cómo pensar que pudieran no existir esos otros escritores, porque escritores son los traductores literarios, que recrean las obras, que transponen su música y su letra, que interpretan la clave de sol de una lengua en la clave de fa o en la clave de do de otra lengua?

 

Para leer más, visita la revista Vasos comunicantes en su versión electrónica en ACETraductores.

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