Correcciones entre colegas


En su texto “Científicos con sensibilidad lingüística: escribanos sin derecho a borrón”,  publicado en la revista Panacea, Enrique Saldaña habla de cómo la corrección de textos puede lograr que el corrector en cuestión se haga acreedor a un odio encarnizado y no, como se podría esperar, a un respeto bien ganado. Saldaña inicia su texto de la siguiente manera:

“En la mayoría de los entornos laborales en los que se desarrollan actividades intelectuales, las personas con sensibilidad lingüística solemos ser tan apreciadas como aborrecidas. Una vez que hemos adquirido fama de puntillosos, pejigueros, meticulosos, quisquillosos, puristas, escrupulosos, perfeccionistas o picajosos —que de estas y de otras muchas maneras se acostumbra a denominarnos—, esta reputación impregna las relaciones con nuestros compañeros de trabajo. Para ellos, el amante del idioma se convierte en un ser extraño al que todos acuden cuando se ven acosados por dudas lingüísticas, pero del que reniegan en cuanto realiza críticas o comentarios idiomáticos sin que se los hayan solicitado.

La etiqueta de partidario de la corrección lingüística conlleva una serie de efectos inevitables. Por ejemplo, los colegas que antes valoraban nuestra opinión profesional prescinden paulatinamente de ella. Es como si el miedo a recibir críticas sobre la forma de un texto o documento pesara más que lo que pudiéramos aportar a su fondo. Por irracional que suene, son muchos los que llegan a renunciar hasta a la más experta de las opiniones con tal de no quedar en evidencia por una coma demás o de menos. Y así, poco a poco, se nos deja de pedir que revisemos escritos e informes o que formemos parte de comités y tribunales (y conste que este hecho no es del todo malo si se tiene en cuenta el tiempo que tales actividades requieren).”

Otra consecuencia es que los que rodean al puntilloso se convierten en aves de presa deseosas de pillarle en un renuncio. Cualquiera puede escribir sin ruborizarse un texto atestado de errores, pero que no se le ocurra al lingüista aficionado poner una sola falta, porque sus colegas rápidamente se lo reprocharán, e incluso airearán el descuido. Da la impresión de que piensan que el que a uno le guste la corrección debería inmunizarlo contra todo tipo de errores ortográficos, tipográficos, semánticos o sintácticos; se mantienen, así, al acecho con la esperanza de gritarle al mundo, ante el más mínimo desliz, que los que gustan de hablar bien y escribir mejor son los únicos escribanos sin derecho a borrón.”

Y continúa con una anécdota que ejemplifica a la perfección aquello que afirma.

“Hace pocas semanas, un buen colega mío (llamémosle «Pablo») recibió una excelente noticia: un enjundioso texto científico suyo, publicado originalmente en inglés, se había traducido al japonés. Lleno del lógico orgullo, nos envió a sus compañeros de trabajo una copia del documento en formato pdf, acompañada del siguiente mensaje, que reproduzco sin modificar nada más que el nombre del autor:

Os adjunto la ultima publicacion por si os resulta interesante,

Sera curioso ver que comentarios linguisticos tiene esta vez el Dr. Saldaña

pablo

No oculto que el mensaje me escoció un poco. Resultaba evidente que mi colega pensaba desquitarse de las veces que yo le había enmendado textos en español y me estaba tendiendo una trampa con la esperanza de que yo reconociera mi incapacidad de mejorar el texto japonés. Abrí el documento y, como temía, no entendí una palabra, pues estaba escrito íntegramente en caracteres orientales. Pero, a pesar de que el japonés no figura en absoluto entre mis habilidades idiomáticas, el reto parecía demasiado tentador como para dejarlo pasar, y esto es lo que le respondí: Me temo, Pablo, que tu texto es sumamente mejorable. Tu mensaje, de tan sólo veintitrés palabras, contiene las siguientes faltas:

 1. «ultima»: Este adjetivo femenino es palabra esdrújula; debería llevar tilde en la «u».

2. «publicacion»: Se trata de una voz aguda terminada en «n». Como la última sílaba contiene el diptongo «io», debería llevar tilde en la vocal abierta tónica, que es la «o».

3. La primera línea del mensaje termina con una coma. Da la impresión, no obstante, de que esta línea contiene una frase completa, y esta idea se desprende tanto de su contenido semántico como del hecho de que la primera palabra de la siguiente línea comience con mayúscula. Si es así, el signo ortográfico correcto para cerrar una frase no es la coma, sino el punto.”

 [Para ver el resto de las correcciones consulta el artículo en Panacea.]

Anuncios

Un comentario en “Correcciones entre colegas

  1. Pingback: ¡ERROR! (¿DESAPERCIBIDO, DESDEÑADO, REMENDADO?) | P.L. Salvador

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s