Arjuna


Cuento extraído del libro Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira, del escritor indocanadiense Jaspreet Singh, traducido por Edith Verónica Luna.

ARJUNA

Arjuna levanta sus brazos, toca su turbante azul marino y lo eleva a una pulgada de su cabeza para que ésta pueda respirar. El objeto resbala hacia la parte trasera de su cabeza, así que lo gira para cubrir sus orejas, su nuca y la línea que surca su frente.

            ¿Por qué no puedo hacerle cosas a mi cuerpo? Se pregunta a sí mismo.

            Una multitud enardecida lo rodea, lo empuja, no queda ni un centímetro de espacio libre. Los ferrocarriles indios. Se da cuenta de que el baño no tiene puerta; un olor a orines está suspendido en el aire del tren. Un ventilador diminuto gira en el techo, crea una sinfonía con el repicar de las ruedas, lo baña con aire caliente.

            Es mi cuerpo y, aún así, Tía y Abuelo no quieren que me quite el turbante ni que me corte el cabello. Pero esta vez estoy decidido.

            El humo negro forma espirales de vez en cuando y lo obliga a cerrar la ventana. Tía G, Abuelo y Arjuna han estado en el tren durante once horas ya y en este momento la tarde acomete contra los pueblos que pasan frente a la ventana. A veces, el aire se introduce en el lugar ruidosamente. La respiración congestionada de abuelo es lo peor, sus ataques de tos.

            Deja que se opongan, Tía y Abuelo desconocen la primera regla del dolor. Lo único que les preocupa es el dolor que yo pueda causarles. Para ellos la religión es mucho más importante que mi cuerpo.

 

Abuelo escucha las noticias en punto. Su única contribución a la sociedad consiste en escuchar las noticias. Incluso mientras viajamos en el tren va pegado a las noticias. Manchas de mostaza cubren la oscura piel del radio transistor; el dial está fijo en la BBC. El viejo murmura «La India saqueada por los ingleses; al menos sus noticias son francas».

            Es imposible hablar con ellos con bases científicas. Dejan de escuchar en cuanto terminan de dar su discurso: «Los niños sij no deben cortar su cabello nunca, recuerda que el turbante es nuestra identidad». Dejan de escucharme en cuanto les menciono que el turbante me lastima las orejas y me las pone rojas. Cada mañana, en el momento en el que ato mi largo cabello en un nudo apretado y me quedo de pie frente al espejo atando una espiral de cuatro metros y medio de muselina sobre mi cabeza, comienza una nueva migraña.

 

El servicio mundial de la BBC transmite y deja de transmitir mientras viajamos en el tren. A veces se mezcla con otras estaciones, a veces se mezcla con otras lenguas. A veces el sonido cobra velocidad o se detiene en seco antes de comenzar de nuevo.

            Se ha convertido en un carrizo silbante. Abuelo vivió su vida, vivió una buena vida. Sin embargo, debe morir; debe morir pronto para terminar con ese sufrimiento porque no sufre él solo, yo sufro con él cuando lo miro sufrir.

            Enconchada en su asiento Tía G lee una lustrosa revista publicada en punjabi. Continúa recordándole a Abuelo que rehaga su turbante. El turbante está revuelto pero en la tenue luz éste brilla como si fuese un enjambre de luciérnagas.

            Tía pasa las páginas de manera escandalosa, lee de manera escandalosa, habla de manera escandalosa. Está tan ensimismada e inmersa en sus ideas que no se da cuenta de lo que provoca a su alrededor. Molesta a las personas y ellas se retiran o protestan en silencio.

 

Un pasajero, sentado en el piso, coloca su zarpa sobre la punta del pie de Arjuna quien levanta su pie y lo sacude. Odia las multitudes y las aglomeraciones. Las multitudes convierten a las personas en perros rabiosos. Cuando se siente atormentado por Tía G y cuando siente que ésta invade su espacio también la odia.

            En realidad quiere a Tía G pero a veces le complica las cosas al punto de no dejarlo estudiar sus clases de química del colegio. Sus amigos, en cambio, no tienen problemas con sus familias pues ellos sí tienen padres. Les tiene envidia.

            En cuanto lleguemos voy a correr con el peluquero. Va a ser mi primer corte de cabello. Le voy a decir que queme mi turbante junto con mi cabello, que se olvide de las cenizas. ¿Desde cuando una religión tiene sus fundamentos en los pliegues de un turbante?

            Ante los ojos de Tía G él no sabe quién es. Tal vez sea tan sólo un manojo de vergüenzas. Tiene la vergüenza escrita en la frente. Se avergüenza de su cuerpo, de su turbante; su turbante es una anomalía, una aberración, una incomodidad, un ataque de migraña. ¿Cómo es posible que aquellos que nos cuidan sean dueños de nuestro cuerpo en realidad?

            Rekha tiene razón. No hay un lugar donde besarme, no hay un centímetro en mi rostro que no tenga cabello. Es cierto que mi barba es suave y escasa pero es un tanto densa para un niño de catorce años. Es extraño que me quiera a pesar de eso.

            Se conocieron el día que aparecieron los monzones y que sacudieron el polvo veraniego de los árboles. Para él Rekha es un poema escrito con canela: tiene el cabello negro y ondulado de las niñas de la costa, ojos pequeños y cejas osadas; lleva un lunar en la frente y él bromea con el hecho de que haya nacido con un bindi ya dibujado.

            Tía G dice «Rekha es una malcriada. Ni siquiera es sij».

            Abuelo sube el volumen de su radio transistor.

            Toda la muchedumbre escucha las noticias:

            «India envía al primer indio al espacio».

            Toda la muchedumbre aplaude de manera espontánea.

            ¡Lo lograron! ¡Lo lograron! 11.2 kilómetros por segundo…la velocidad a la que un objeto escapa de la gravedad.

           

El compartimiento se agita conforme el tren anda más rápido; no, para decirlo con precisión, conforme el tren gana velocidad, porque los compartimientos están colocados mirando hacia una dirección determinada. El recolector de boletos aparece en el pasillo y, al igual que cualquier civil corrupto, exige dinero para sí.

            «Debería sentirse avergonzado, mi hijo murió por este país», dice Abuelo.

            Humillado, el hombre finge tropezar a los pies de Abuelo, se da la vuelta y sale. Abuelo saca la cabeza por la ventana con dificultad y escupe.

            El recolector de boletos se parece a Tío G. Tío es ingeniero aeronauta. Huyó hacia  Milwakee, Estados Unidos: alto, barrigón, lleva goma en el cabello; acicalado, bien rasurado. Arjuna lo ha mirado sonreír cerca del museo Houdini. En cuanto llegó la fotografía por correo, Tía G la destruyó, la rompió en mil pedazos. Acostumbra borrar todo aquello que no le parece.           Ella continúa desplegando al mundo una imagen de Tío envuelto en su turbante; una versión de él mucho más joven, una fotografía de la época en la que los mechones de barba apenas surgían en su rostro, un rostro de bebé.

            «Tío se ve mucho más inteligente en su turbante», dice Tía G.

            «Volverá a ponerse el turbante en cuanto regrese del maldito oeste».

            Tía G nunca le habló al Abuelo del momento en el que Tío cruzó la línea del turbante. Pero lo hizo para evitar aquel ataque de asma que podía ser mortal.

            Arjuna también podría huir hacia América, como Tío G pero la sola idea le aterra. Abuelo ya está viejo, su barba y su cabello se han crispado, sus manos parecen corales marinos. Tía G está envejeciendo también. Las venas de sus brazos se han tornado azules y debajo de su cabello teñido con henna, hay canas.

            Su Tía y Abuelo ya no hablan de Madre y Padre. Su forma de afrontar el dolor es fingir que no existe o esperar a que se desvanezca o se vuelva tan insignificante que un nuevo dolor llegue a sustituirlo.

            Arjuna no sintió dolor el día que sus padres murieron a causa de una mina en la frontera; sin embargo, el dolor ha ido creciendo desde el día en el que leyó sobre las minas en el libro Termodinámica irreversible. Casi no recuerda la figura de su padre pero su rostro y su voz aún lo acompañan. Los de madre también.

 

PFM-1, hecha en la Unión Soviética, mina sensible al movimiento, se asemeja a un juguete, a una mariposa. Padre y madre pisaron una mariposa invisible. Hubo un resplandor. Lluvia de lodo, de tejido vaporizado, de carne quemada.

 

Padre fue un hombre muy valiente y elegante en todo lo que hizo, incluso en aquello que hizo mientras vestía el turbante. Acostumbraba atarlo como el maharajá de Patiala y cuidaba de Tía G, de Abuelo, de Madre y de Arjuna. Ahora Arjuna era quien debía hacerse cargo, a tan sólo un año de graduarse de la secundaria, a tan sólo un año de comenzar su especialidad en química.

            Padre solía decir que el turbante era nuestro pasaporte, que nuestro pasaporte era un libro y que uno nunca debe destruir un libro.

            Arjuna se da vuelta hacia Abuelo mientras las noticias de la BBC anuncian un incendio en un estadio británico durante un partido de críquet entre India y Pakistán.

            ¡De ninguna manera!… ¿Cómo pudo propagarse un incendio en el estadio?, ¿acaso fue rápido?, ¿lento? ¿Cuáles fueron las condiciones en las que sucedió la combustión? ¿Qué fue lo que originó la mezcla de H2O y CO2? ¿Eso es todo? Las cosas se queman, dejan de quemarse, las llamas lanzan lenguetazos al cielo, el fuego asciende. ¿Cómo serían las llamas si no hubiera gravedad?

Para leer el cuento completo busca Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira en librerías Gandhi.

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