Indagan ética de traductores


Ciudad de México  (8 diciembre 2009).- Buena parte del fracaso en las relaciones amorosas lo ocasionan las traducciones erróneas, no comprender certeramente lo que comunica el alma del otro, le dijo una vez la escritora y traductora canadiense Hélène Rioux al mexicano Roberto Rueda, mientras bebían un café por los rumbos de la Zona Rosa.

Esa frase la recuerda el también traductor al evocar cómo lo han cautivado las ideas de Rioux— desde que la escuchó en un encuentro de especialistas y durante sus conversaciones posteriores.

“Y no solamente en lo amoroso, con tus amigos o familia siempre hay que traducir, tratar de entender al otro y ser entendido. A veces desearíamos que las personas nos comprendieran sin problema, que tradujeran perfecto y a la primera, pero no siempre es así, la mayoría de las veces no lo es”, refiere Rueda.

El interés de Rueda se afianzó cuando leyó “Traductora de sentimientos”, obra de la novelista quebequense que explora el sadismo y la perversión, premiada en Canadá con el Ringuet y el galardón de la Academia de las letras de Québec.

Inmediatamente se propuso trasladarla al castellano, pero batalló seis años para lograrlo, hasta que ganó en 2008 la beca de especialidad literaria del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales, la primera que otorga el FONCA en el marco de este programa.

“Traductora de sentimientos” resume las preocupaciones éticas y filosóficas de Rioux— sobre la traducción, puntualiza el politólogo y articulista.

La historia es protagonizada por Éléonore, traductora de novelas rosas que emprende la traducción de la autobiografía de Leonard Ming, asesino serial y especialista en la filmación de videos snuff. No pocas veces la protagonista se detiene, pues rechaza aquello que lee.

El tema apasiona a Rueda, porque subyace una reflexión fundamental, un complejo debate: ¿qué se debe traducir?, ¿cómo traducirlo?, ¿quién dice qué se debe traducir? ¿éticamente se deben traducir cosas como la autobiografía de un asesino?

“Son cuestiones que a veces el traductor profesional no considera. Estamos mucho más pendientes, por las propias restricciones del mercado, de aspectos más comerciales, por ejemplo el monto de un pago o el tiempo de entrega”, señala Rueda, adscrito al Centro Profesional de Traducción del IFAL y autor de dos novelas aún inéditas.

Él mismo, cuando realiza una traducción literaria, se pregunta si es capaz o no de hacerlo, si lo permiten sus valores y principios.

“Por ejemplo, un traductor yuppie ¿podría enfrentar un texto donde hay un bagaje, un grupo semántico de palabras soeces, o donde todo son groserías? ¿Las podrá traducir de manera correcta, dada su formación cultural? ¿O un sacerdote puede ser traductor de textos que moralmente le parezcan inaceptables ? ¿Aceptar traducirlos será buena idea?”.

En su caso, añade, también puede cuestionarse el asunto del género, porque se trata de un varón que traduce a un personaje femenino.

“En varios pasajes tenía que hacer un poco de tripas corazón y distanciarme de la identidad masculina. Me puse en los zapatos de ella, como una especie de travestismo, que finalmente eso sería la traducción, en términos de Rioux”. 

Nota extraída del diario Reforma.

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