Críquet fronterizo


Fragmento del cuento publicado en el libro Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira de la editorial Páramo ediciones.

[…]

Nos encontrábamos a tan sólo un kilómetro y medio del estadio, cerca de un bunker abandonado, cuando Tío Ranji aplicó los frenos de emergencia. El jeep rechinó hasta detenerse.

De forma repentina, cuatro mujeres cubiertas por un velo colocaron los revólveres contra nuestras orejas. La mujer número uno sujetó a Tío Ranji y lo trasladó al asiento trasero. Él no se resistió pero su ojo de vidrio jugueteaba en la cuenca.

La mujer número dos extrajo la pelota de críquet del bolsillo de su saco; escupió la bola roja y la frotó contra su velo negro. La pelota adquirió el brillo de una manzana nocturna. La mujer le ofreció la bola en la palma de su mano. Tío miró la pelota pero no la tocó.

—Todos ustedes se van a poner estas gafas —ordenó la mujer número tres. No se veía nada a través de las gafas oscuras. La mujer número cuatro se sentó al volante y encendió la radio.

—¿A donde nos llevan? —preguntó Tío Ranji con nerviosismo.

—Ya lo verán —respondieron las secuestradoras.

Cuando el jeep se detuvo, las mujeres cubiertas con los velos los guiaron a través de una puerta ruidosa.

—Hemos llegado —dijeron—. Quítense las gafas.

Nos encontramos en el patio de un edificio resplandeciente enmarcado en madera perteneciente a la época de la colonia Británica con gallos volando por los aires. El lugar olía a mulas y ovejas. Una fogata ardía en el centro del patio; una pipeta gigantesca moldeaba las flamas. Otras cuatro mujeres de mediana edad y apariencia militar aplaudían.

Estuvimos a punto de desmayarnos de miedo pero ya era muy tarde y hacía mucho frío. Las mujeres exhibían sus Uzis; eran despiadadas y no quitaron sus ojos de Tío Ranji ni por un momento. Eran como las mujeres ogro del Mahabarata que llegaron después de los Pandavas, durante su exilio en las minas de sal de Cachemira.

Una niñita salió de la cocina con un samovar y nos sirvió té de sal. Una capa vidriosa de cristales de sal se había acumulado bajo sus uñas.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó molesto Tío Ranji.

—Ya lo sabrá —dijo la lideresa mientras estiraba sus manos hacia el fuego—. Primero beban el té.

La niña llenó cuatro tazas.

—Salaam —saludó la lideresa detrás del humo—. Me llaman Zoon.

—¿Qué significa todo esto? Díganos, Zoon —preguntó el tío y la última parte la pronunció como si la conociera muy bien.

—Primero terminen su té —respondió.

La niñita parpadeaba; escuchaba con curiosidad y tenía los dedos metidos a medias en el tazón de la sal. Zoon sacó una ramita del fuego y la metió en el tazón, lo cual provocó que la niña retirara sus dedos. La rama ya no era un trozo de madera, estaba cubierta de cristales y centelleaba como los diamantes.

—Nuestros hombres son tontos —explicó Zoon—. Tienen planeado ondear banderas pakistaníes en el estadio durante el juego de mañana. Así que nosotras, las mujeres, decidimos actuar.

—Nos secuestraron —dijo el tío.

—No los secuestramos, pueden irse cuando quieran —respondió Zoon—, a quien sí secuestramos fue a su hija menor.

—Oh Dios mío, Gurú Wahé, ¿donde está?

—La niña no está aquí pero pueden salvarla. Deben ayudar al equipo de la India para que gane el juego de críquet mañana. Hagan que Pakistán se arrodille.

—¿Por qué? —preguntó Tío Ranji cubriendo su rostro del fuego con la manga de su saco.

—Porque si India pierde, los comandos armados incendiarán nuestras calles y nuestros hogares.

Al decir esto, Zoon golpeó el suelo con la rama. Los cristales se desprendieron y la rama se tornó de nuevo en una rama.

—Si nos traicionan —amenazó—, su hija…

Tío Ranji, un hombre famoso por su integridad, mordió la piel que rodeaba sus uñas hasta hacerla sangrar. Zoon y sus camaradas nos obligaron a usar las gafas oscuras y nos condujeron a los alrededores del estadio. —Recuérdenlo —dijo. El tío no pronunció ni una palabra. Extendió la mano pero no se la estrecharon.

El estadio Bulbul se erguía sobre una colina como si fuese un baluarte. Adquirió dicho nombre debido al granito rojo y a la estructura de cristal con «alas» que se construyó en el sitio donde habían derrumbado la casa para pájaros que alguna vez perteneció al Maharajá. En el interior del estadio, el área que se encontraba entre el óvalo y las tribunas estaba repleta de anuncios multicolores parloteando entre ellos. Aun durante la siesta el bebé está de fiesta. Abul, la manteca, saluda a los soldados en la frontera. Entra y sal, entra y sal, toma té Taj Mahal.

Esa noche, el estadio estaba rodeado de un batallón completo de comandos del ejército. Tío Ranji tenía que presentar dos identificaciones para ingresar. Nosotros avanzábamos a tropezones. Los botones de bronce de su saco refulgían bajo los reflectores mientras él realizaba las pruebas específicas del tablero de críquet.

—Está muerto —dijo al golpear ligeramente el campo con su bate de sauce—. Este terreno es inútil. Siéntelo, tócalo con las manos Baba; está demasiado mullido. Este reblandecimiento de dos rupias decidirá el resultado del juego de mañana; lo cual no será justo para los jugadores. Ni para mi hija.

De regreso en la casa, el tío bebió ron.

—Vinieron dos mujeres a usar el teléfono —dijo Madre—. Ellas…

—No quiero escuchar nada al respecto —señaló el tío—. Me rehúso a ser chantajeado por una bola de mujeres fanáticas locas.

Sus ojos destilaban una intensidad indescriptible.

Madre rezó a los dioses de cuatro religiones y nosotros también nos esforzamos por detener el curso de la noche.

[…]

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s