Nooria


Una niñita se encontraba sentada sobre una roca en la orilla del lago; sus pies estaban envueltos en raíces y lirios; comía tomates y miraba su reflejo mientras los comía. El lago era de un verde intenso, estaba casi inmóvil y, de vez en cuando, esa calma parecía hacer apremiantes intentos por hablarle.

            —¡Nooria! ¡Nooria!

            La voz severa de su madre provenía de la casa flotante. Nooria terminó su último tomate y capturó una rana que brincaba sobre la roca. La rana se agitaba pero luego, cuando trató de hablar con ella, se paralizó. Pasó el dedo sobre los círculos azules que enmarcaban los ojos totalmente abiertos de la criatura.

            —¡Nooria! ¡Nooria! Tu padre quiere verte de inmediato.

            La niña sacó los pies del agua, colocó a la rana sobre la deslumbrante roca blanca y corrió tan rápido como le fue posible, con una mano pegada a sus lentes y con la otra aferrada a su bolso escolar. Pasó al lado de una figura brumosa en la cocina llena de humo: su madre pelando flores de loto. La habitación de Abba, papá, era la más grande del bote; la única que no goteaba.

 

Desde la pérdida de su pierna, Abba permanecía en el interior. Un encuentro con la milicia lo había anclado para siempre. Se mantenía sentado y erguido en la cama todo el tiempo; siempre conservaba el kangri, una cesta con brasas de carbón, debajo de su manta. Nooria no creía en todo lo que decían los otros niños de la escuela sobre él. Abba era agradable.

            —¿Regresaste temprano del colegio? —preguntó desde la cama.

            —La maestra anunció receso completo.

            —Dime la verdad, niña —exigió. —Si vuelves a mentir, te lanzaré este kangri al rostro.

            La niña tiró el bolso escolar al piso.

            —Niña, mírame a mí, no a la televisión.

            —Abba, la maestra dijo que después del receso no habría clases. Iba a haber una conferencia con un ponente invitado sobre algo que no estaba en nuestro programa.

            —Vas a ponerte los zapatos, vas a recoger tu bolso escolar y vas a regresar a la escuela en este momento —ordenó—, haz caso a este hombre y luego regresas a decirme todo. Rápido. Si vuelves a mentir, niña, pasará algo terrible. Terrible.

            —Abba…

            La atención de su padre se dirigió hacia las noticias que circulaban por la pantalla de la televisión.

            —¡Nooria! ¡Nooria! Hace frío, no olvides tu pheran.

           

La niña corrió de regreso a la escuela que se localizaba del otro lado del lago. Desde el patio del colegio, la imagen de la cadena montañosa era cautivante durante la mayor parte del año; sin embargo, en invierno semejaba una cadena de cráneos nevados. Entre el patio y las montañas había manzanos añejos, grandes frutos rojos y verdes que pendían en el aire. Era una escuela extraña con un nombre infantil: Colegio Central Florecita. Deseaba perderla, perderla del mismo modo en que había perdido sus guantes el invierno pasado.

            El pequeño Arjuna era su único aliado en el salón. Era muy diferente del resto de los niños, todos unos bravucones.

            —¿Nooria, tu panza es negra? —le habían preguntado.

            —No —había respondido.

            —Enséñanos.

—No.

—¡Su panza en negra, su panza es negra y no nos enseña!

—Déjenla en paz —dijo Arjuna, pero el hijo del brigadier lo golpeó en la nariz.

            Abba le había dicho que algunas personas eran violentas y convertían a los demás en personas violentas. Ammi, mamá, le había dicho «Nunca te inclines a ver tu vientre». Nooria no había examinado su vientre jamás, ni siquiera dentro de la casa flotante. Nooria y su Ammi y Abba vivían en el bote, pues las olas de turistas habían dejado de llegar a Cachemira. Ammi vendió todos los muebles principescos del bote; la única pieza de valor que quedaba era una televisión Sony, en blanco y negro, que Tío había instalado después de que su padre perdiera la pierna. Abba se quejaba todo el tiempo, miraba televisión todo el tiempo y ésta parecía haber sustituido a su pierna ausente. En una ocasión, trató de obligar a Ammi a cocinar algo que no fueran raíces de flor de loto y Ammi respondió que lo único que quedaba por cocinar eran las piedras. Ammi nunca se quejaba, dormía en el piso, sobre la alfombra apestosa pues únicamente Abba tenía una cama. Para mantenerse calientes, quemaban hojas de chenar dentro de pequeñas chimeneas de barro. En las noches frías, Nooria, al igual que sus padres, colocaba la chimenea en su abdomen. El kangri había carbonizado su vientre con dolorosos arabescos. Por supuesto, su vientre era negro.

Fragmento de uno de los cuentos publicados por Páramo ediciones. Este libro está disponible en el stand 1300 de la Feria del Libro del Palacio de Minería  2010.

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