Costo de los libros

Las nuevas reformas en materia económica que se llevan a cabo en los países en desarrollo, principalmente, obligan a los contribuyentes a pensar mejor aquello en lo que van a invertir su dinero.
Desafortunadamente, los libros siempre resultan ser un gasto prescindible, pues se cuentan con herramientas como fotocopiadoras y escáneres que nos resuelven el problema y nos ahorran un buen dinero.
Ante este panorama, se comienzan a crear iniciativas para abaratar los costos de los libros y fomentar así el crecimiento de la industria editorial. Tú, ¿cuánto estarías dispuesto a pagar por un libro?

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La atrapaespíritus, de Sandra Cisneros


Una mujer construía una casita atrapa espíritus para cazar a su marido, que acababa de fallecer, pues quería evitar que entrara en su casa. Al principio se sintió desconsolada por su muerte y se lanzó a la tumba sobre el ataúd sollozando como La Llorona, la ghost woman que erraba en la oscuridad. Despertaba a media noche empapada en sudor, volteaba en busca de él para platicarle algún sueño o temor y encontraba un vacío. Deambulaba de un cuarto a otro durante la noche sintiéndose como un fantasma. La soledad se convirtió en ira por el abandono de su marido.

            Una noche, como a los quince días de su muerte, despertó y encontró a su marido, o mejor dicho, a su espíritu, acostado a su lado. ¡Viejo! gritó mientras sonreía por primera vez desde su muerte, pero de pronto frunció el ceño y sintió que el miedo oprimía su corazón.

            Durante el día, la seguía por toda la casa y el patio trasero, pero nunca se atrevía a cruzar la puerta principal cuando ella salía a hacer los mandados. Ella comenzó a pasar más tiempo fuera de casa: se dio cuenta de que añoraba su independencia. Antes de su muerte, la presencia de él la hacía sentirse deseada y protegida, pero ahora su constante acoso la hostigaba.

            “Viejo, ¿pa’ qué sigues viniendo? ¿Dejaste algo incompleto? ¿Hay algún asunto que quieras terminar? Dime y yo te ayudo.”

            “Vieja, viejita linda, bring me clean clothes”, le dijo con un débil susurro.

            “Ash, estás muerto, ¿pa’ qué necesitas ropa?” You’re dead, you have no need of clothes, le contestó con otro susurro. Su insistente petición, que parecía escucharse cada vez más alto, la llevó al fin hacia el clóset, pero obviamente su ropa no estaba allí; la había regalado. Ahora tendría que ir a la tienda a comprar cosas de hombre y enfrentarse a la mirada de desaprobación del encargado por haber remplazado tan pronto a su marido.

            “Vieja, vieja, fix me some dinner”, le ordenó en un tono brusco. Le preparó carnitas, su platillo favorito, y lo puso sobre la mesa. Pero como un espíritu no puede comer, el plato se quedó en la mesa mosqueándose. “Vieja, viejita linda, bring me una beer”, y tenía que ir muy lejos, hasta el mercado, por la cerveza y la gente comenzó a hablar de cómo la pena la había arrastrado a la bebida. Ella destapaba la lata y la colocaba en la mesa a la altura de la silla “de él”. “Sabes muy bien que sólo tomo Dos Equis”, se quejaba. Poco a poco se le iba el gas a la cerveza y ella estuvo tentada a tomársela para aliviar su creciente muina.

            El atender al espíritu de su marido parecía consumir todo su tiempo por lo que  comenzó a tener resentimiento por tanto lavarle, cocinarle y arreglarle el cabello y las uñas de los pies cuando estaba vivo. Precisamente cuando ella creía haberse liberado, el pisser había regresado mucho más latoso ahora que estaba muerto. Su único consuelo era que ya no tendría que lavar sus apestosos calcetines ni sus asquerosos calzones. Sin embargo, su VIDA de apenas dos semanas ya no le pertenecía y quería recuperarla. ¿Qué podría hacer para que su marido muerto ya no regresara?

            Un buen día se inspiró y construyó un modelo de su casa a escala con palitos de paleta y resistol, luego lo colocó en un lugar estratégico a medio camino entre su casa y la tumba de su marido en el panteón cercano, pues había escuchado que los espíritus no tienen sentido de la perspectiva. Su silla rechinaba en el pórtico mientras ella se mecía y esperaba a que el espanto entrara en la casa de a mentiras con la idea de que era la verdadera.

            Esa noche no tuvo que despertarse. En la mañana, al despertar, se dio la vuelta hacia el lado donde su marido había dormido los últimos treinta años. Su espíritu ya no estaba ahí y tampoco lo estuvo la noche siguiente. Entonces se sentó a esperarlo, con la preocupación de no saber qué hacer con la casa del espíritu. ¿Y si alguien encontraba la casita, abría la puerta por accidente y dejaba escapar al espíritu? O podría pasar que alguna fuerza de la naturaleza, como un viento fuerte o un incendio, destruyera la endeble casita y así su marido muerto podría salir. La casita era demasiado frágil para enterrarla: la tierra podría aplastarla y el espíritu se escaparía. Tenía que ponerla en un lugar seguro, lejos del alcance de los demás. Después de meditarlo durante varios días, llevó con mucho cuidado la casita al interior de su casa y la metió bajo la cama, donde los malosos de sus sobrinos y sobrinas no pudieran encontrarla. Esa noche una voz la despertó. Ya no era un murmullo, era un aviso: “Vieja, vieja, quiero hacerte el amor”. Creyó sentir el cuerpo de él moviéndose agitado bajo las sábanas y, medio dormida y medio despierta, lo empujaba, pero él continuaba montándola. Se rehusó durante toda la noche a abrir las piernas.

            A la mañana siguiente despertó con profundas heridas en las comisuras de los labios y con golpes en la boca, los senos, los brazos y la parte interna de los muslos. Se asomó debajo de la cama y vio que la puerta de la casita estaba abierta. Anduvo de un cuarto a otro looking for el pinche desgraciado, diciéndose entre dientes, ¿cómo voy a deshacerme de este cabrón? Pensó en ir con la curandera local para pedirle que mandara el alma de su marido hasta el pozo o, mejor aún, hasta el infierno. Ja, o quizá podría buscar un ghostbuster en la sección amarilla. Ah no, eso lo haría ella sola: con palabras y maldiciones.

            Decidió estar preparada en caso de que sus palabras fallaran. Así que esa noche enchufó la aspiradora y la puso cerca de su cama. Con trabajos se puso dos de sus fajas más justas, varios pantalones y tres camisas, apagó la luz, se metió a la cama y esperó. De un salto salió de la cama, fue a buscar su pesada sartén de fierro y la escondió bajo las sábanas por si su marido adquiría más consistencia de la que la aspiradora podía succionar. Come on cabrón, vente hijo de tu madre, dijo ella susurrando.

 Título original The Ghost Trap, versión de Edith Verónica Luna

 

Teorías poscoloniales de traducción

Al ser la traducción uno de los oficios más antiguos del mundo, es lógico pensar en el debate histórico e interminable que se suscita sobre el papel y el lugar que juegan quienes traducen. A lo largo de los años, la tarea del traductor ha debido evolucionar con base en las exigencias de quienes hacen uso de las traducciones y, asimismo, por los requerimientos de los mecenas, sin perder de vista, por supuesto, las exigencias del texto en sí.

Los cambios surgidos a nivel mundial en los ámbitos políticos, geográficos y culturales, han rodeado a la figura del traductor de innumerables retos y descalificaciones que cuestionan, o ponen en entredicho, su compromiso hacia una u otra lengua orillándolo, en el peor de los casos, a tomar posturas políticas o a llevar a cabo actos de omisión cultural y de identidad. Durante los años que siguieron a los movimientos de independencia alrededor del mundo, vio la luz un fenómeno en el entorno literario que buscaba eliminar los rastros de colonialismo que habían permeado en los discursos, validando la lengua de los conquistadores en las diferentes naciones colonizadas. Una vez que los pueblos lograron obtener su independencia, buscaron también recuperar su lengua y con ella su identidad.

Como sabemos, el lenguaje no es sólo la forma más importante de la comunicación humana, sino el símbolo por excelencia de la etnicidad. Es en el lenguaje donde se refleja la herencia cultural, es éste el que nos convierte en individuos sociales y nos permite relacionarnos. Cada palabra y significado elegido y expresado por un individuo refleja su identidad y subjetividad, que se conforman por la percepción, sensibilidad y capacidad cognitiva, así como por el género sexual, la raza, la edad, la religión y la clase social, entre otros aspectos.

En aquellos países en los que se dio este fenómeno de recuperación indentitaria y lingüística dentro de las obras literarias de la época poscolonial, entendida como el momento en el que las culturas y los países lograron su independencia (Robinson 1998:14), fue evidente que se plantearía un nuevo reto para el arte de la traducción, tan acostumbrado en ese momento a las traducciones fluidas cuyo único objetivo era trasladar significados de una lengua a otra. La dificultad con respecto a esto, residía en el hecho de que las obras ya no provenían de una sola lengua, sino de una lengua híbrida que mezclaba dos o varias realidades (Tymoczko 1999: 30,39), dos distintas formas de ver y percibir el mundo circundante: la de la lengua del opresor y la de la lengua de la minoría oprimida. Fue de esta manera como nacieron los “autores transculturales” (Sales 2001: 57) cuyo principal objetivo era mostrar su multiplicidad cultural a través del uso de dos lenguas en el mismo discurso, intentando con esto adentrarse en el círculo discursivo que hasta entonces les estaba vedado, buscando eliminar los estereotipos que los tildaban de ser una minoría marginal que habitaba en la barbarie.

Homi Bhabha habla en su momento sobre un tercer espacio, un lugar donde habitan los grupos minoritarios inmersos en la diferencia cultural (Vidal 2007:32), donde dos realidades convergen para crear una sola: la hibridación. Esta zona de contacto es el origen de la mezcla, de la convivencia de dos lenguas y dos culturas, de una forma nueva de percibir la realidad, que no excluye a ninguna de las otras dos visiones. Este espacio implica el surgimiento de una tercera cultura y un tercer idioma que se nutren, tanto de la cultura dominante, como de su lengua, creando a su vez un fenómeno que los lingüistas definen como code switching, una alternancia de dos lenguas al hablar, con pocas reglas y muchas variaciones de tipo léxico e inclusive morfológico, sintáctico y discursivo. La alternancia de códigos implica cierto dominio de los dos idiomas, el dominante y el dominado, y de este modo no sólo se utiliza para compensar deficiencias de competencia lingüística sino que excluye, o al hablante que no conoce la lengua de la minoría, o al hablante que no conoce la lengua del poder.

El fenómeno antes mencionado constituye la base fundamental del lenguaje de quienes habitan el tercer espacio, quienes se expresan en una lengua, la propia, en la cual ni una ni otra son códigos independientes, sino un solo código híbrido (Novoa 1999:46). Asimismo, los habitantes del tercer espacio usan la alternancia para enfatizar una identidad mixta a través del uso de dos lenguas en el mismo discurso; para ellos, un discurso lleno de alternancias lingüísticas es una forma de hablar en sí misma y la emplean para criticar la norma, subvertir y vivir la diferencia, articular la realidad a su manera y, sobre todo, dar un lugar a esa naturaleza híbrida que poseemos todos (Vidal 2007:46). Además, tal como señala Mehrez, los textos escritos por autores poscoloniales que habitan el tercer espacio tienen como objetivo descolonizarse de dos entidades opresoras aquella del excolonizador y la de la cultura nacional que minimiza los efectos de la colonización permitiendo que la marginalización continúe.

Uno de los conceptos más importantes para la traducción poscolonial, que va de la mano con el surgimiento del tercer espacio y de las culturas híbridas, es el concepto de “frontera”, vista no sólo como la línea de división política de los mapas, sino como un espacio borroso e indefinido en el que conviven dos culturas alienándose de forma continua y permanente. Es en la frontera donde se da ese proceso de transculturación, un proceso en el que la interacción entre dos culturas origina un cambio en las sociedades que ahí convergen, incluso cuando entre ellas existen diferencias de poder. (Sales 2001: 48). De este modo, los autores transculturales que escriben en la frontera, en ese tercer espacio, emplean la lengua materna, la de la minoría, como modo de subversión, como una forma de alterar el orden impuesto por la lengua de poder.

Entre las características de la escritura poscolonial se encuentran los neologismos, las alteraciones de palabras, el uso intercalado de frases en dos idiomas, nuevos tropos, estructuras que ofrecen una nueva visión de la realidad y que plantean la diversidad vista desde dentro (Tymoczko 1999: 32), toman la lengua del imperio y le dan un nuevo significado, es aquí donde reside el poder de los textos híbridos: tomar la lengua dominante y dotarla de un nuevo significado que cumpla con los objetivos del autor. Todo ello representa un nuevo reto para quien traduce, pues, por lo general, y debido a la naturaleza del medio específico en el que surgen, estas nuevas tácticas narrativas tienden a caer en la intraducibilidad, pues carecen de equivalentes en otras lenguas.

Ante esta problemática surgen las teorías poscoloniales de traducción que, como dice Robinson, encontraron su base en las escuelas que las antecedieron: la hermenéutica, los estudios descriptivistas y los teóricos del skopos (Robinson 1998:12). Todas las teorías que antecedieron a los estudios poscoloniales veían la traducción como un proceso en el cual la figura del traductor permanecía oculta, respetando el texto original y al autor y buscando realizar una traducción en la que lo importante era lograr una equivalencia semántica absoluta o casi absoluta. Una vez que la idea de la muerte del autor comenzó a difundirse, gracias a Foucault, en un principio, a Derrida en seguida, y finalmente a Barthes, se concibió la traducción como un proceso en el que el traductor debería traducir no sólo un texto sino toda una cultura y, por lo tanto, para hacer comprensible tal complejidad al lector final, el traductor debería emplear técnicas que le permitieran trasladar los significados aún si eso implicaba “dejarse ver” en el texto.

En “Translation, ideology and creativity”, Maria Tymoczko hace referencia a André Lefevere, quien señala el hecho de que la traducción cuenta con más libertad para lidiar con las constraints culturales que impiden a los autores expresarse de manera libre en la lengua que desea e inclusive formular una crítica directa hacia las estructuras de poder que legitiman la opresión. Este hecho ubica al traductor en una posición privilegiada desde la cual puede innovar y ayudar así a las culturas y a sus literaturas a formular la crítica que les permita evidenciar la represión ejercida por la cultura dominante y combatir así las estructuras discursivas que excluyen el discurso de la minoría.

Ante los lenguajes contestatarios que señalan resistencia, quien traduce debe adoptar estrategias que mantengan el tono subversivo del lenguaje, que reflejen la multiplicidad cultural, las distintas realidades que cohabitan en las mentes de quienes escriben desde el tercer espacio, que no borren las huellas de las mutaciones y evoluciones de una lengua híbrida que da origen a textos e identidades híbridas, y que critique, cuestione y combata las estructuras de poder que han sido legitimizadas durante tanto tiempo.

Son múltiples los lugares en los que se dan estos fenómenos de transculturación, y múltiples son también los pares de lenguas que se ven involucrados en este proceso: el inglés y el español, el inglés y el afrikaans, el inglés y el hindi, el francés y el criollo, el español y el náhuatl, el español y el quechua, por mencionar algunos. En todos estos espacios fronterizos y terceros espacios se presenta el mismo fenómeno de hibridación en el que los autores emplean la lengua del excolonizador o de la cultura fuerte para expresarse literariamente en su contexto, donde, por lo general, la lengua nativa funciona como signo de diferencia que los identifica como una cultura independiente funcionando así como elemento de oposición. De esta manera, en los casos anteriores, el principal reto traductológico consiste en rescatar la crítica, implícita en un discurso de resistencia, formulada por un grupo minoritario con una cultura marginal a la cultura dominante, si el texto está escrito casi en su totalidad en la lengua dominante. En este sentido resulta importante hacer hincapié en la interdependencia que tienen las dos lenguas al darle voz, a través de la traducción, a las experiencias y al pensamiento del discurso propuesto por los autores del tercer espacio.

Al traducir se debe poner especial atención en tratar de no caer en las trampas que llevan al traductor a considerar los conceptos tradicionales sobre las culturas y lenguas débiles y las culturas y lenguas fuertes, así como a evitar a toda costa la reproducción de los estereotipos, además de evitar trasladar las estructuras de poder reflejadas en los sistemas institucionales que legitiman o privilegian ciertas formas de discurso que, por tradición, se reservan a la cultura colonizadora.

Quien traduce debe, por lo tanto, adoptar estrategias específicas como son la alteración de la puntuación, de la sintaxis, la creación de palabras nuevas que reflejen la dualidad de las realidades en las que viven estos autores y, sobre todo, poner mucha atención en el uso de la alternancia de lenguas pues no es suficiente con invertir este recurso dentro de las oraciones, sino que se debe buscar reproducir el efecto que tiene el uso del inglés, por ejemplo en los textos chicanos. En estos textos, los autores usan el inglés para hablar de temas que tienen que ver con la cultura estadounidense mientras que emplean el español para hablar de temas relacionados con la cultura mexicana y la religión católica, por ejemplo, elementos culturales a los que dan más relevancia. Si se invirtiera simplemente la alternancia, se perdería su efecto subversivo y no produciría en el lector final el resultado o la reacción buscados, un hecho del que Liliana Valenzuela está siempre consciente.

Lo que han hecho los traductores de autores como Salman Rushdie, J. M. Coetzee, Vikram Chandra, Breyten Breytenbach y Sandra Cisneros ha sido optar por diferentes técnicas que, a mi parecer, resultan satisfactorias y cumplen con la función de los textos: por un lado se mantiene la alternancia de lenguas en la medida de lo posible y se evita recurrir a las notas al pie mientras que, por otro, se busca la explicitación, dentro del cuerpo del texto, de términos demasiado alejados de la cultura de llegada con la finalidad de facilitar la comprensión sin comprometer la intencionalidad subversiva del autor. En el caso de Shalimar el payaso de Salman Rushdie, Miguel Sáenz decide agregar, al final del libro, un glosario que incluye no más de veinte términos que tienen que ver con la cultura hindú: costumbres, platillos, vestimenta. Lo que me parece acertado de esta decisión es el que haya evitado el uso de notas al pie que, lejos de ayudar a la lectura, la entorpecen creando paréntesis innecesarios en la narración. De este modo, ofrece la opción de realizar una lectura fluida que se vea complementada con la remisión a las referencias en el momento que el lector juzgue pertinente.

Por otro lado, J. M. Coetzee es un autor cuyas obras retratan la realidad de Ciudad del Cabo, una cultura que también alterna el inglés, la lengua del colonizador, y el afrikáans, la lengua del colonizado. En las traducciones publicadas de este autor, se buscó mantener la característica de la alternancia, aunque es poco empleada por él mismo dentro de sus textos y, en cambio, se intenta reforzar las visiones de la realidad que le proporciona su historia y su contexto antes de la colonización. En este caso, el traductor debe estar atento a las referencias culturales, religiosas e históricas con la finalidad de no borrar esta particularidad del texto original y no descontextualizar la obra pues el contexto es esencial para la comprensión del libro en su conjunto.

Estos ejemplos y reflexiones denotan una constante necesidad de replanteamientos en cuanto a las estrategias que debe seguir el traductor y reafirman la idea de que cada texto exigirá una estrategia traductológica distinta, incluso cuando se trate de los mismos pares de lenguas, de textos escritos en el mismo espacio fronterizo o incluso en la misma época. Todo lo anterior nos demuestra que el traductor como reescritor debe mantener una disposición y una mente abierta a cualquier posibilidad que pudiera llegar a ser planteada por un autor, con la plena conciencia de que en sus manos se encuentra la percepción y la imagen que una nueva cultura se forjará de una lengua, de un pueblo, de toda una cultura.

Edith Verónica Luna