La atrapaespíritus, de Sandra Cisneros



Una mujer construía una casita atrapa espíritus para cazar a su marido, que acababa de fallecer, pues quería evitar que entrara en su casa. Al principio se sintió desconsolada por su muerte y se lanzó a la tumba sobre el ataúd sollozando como La Llorona, la ghost woman que erraba en la oscuridad. Despertaba a media noche empapada en sudor, volteaba en busca de él para platicarle algún sueño o temor y encontraba un vacío. Deambulaba de un cuarto a otro durante la noche sintiéndose como un fantasma. La soledad se convirtió en ira por el abandono de su marido.

            Una noche, como a los quince días de su muerte, despertó y encontró a su marido, o mejor dicho, a su espíritu, acostado a su lado. ¡Viejo! gritó mientras sonreía por primera vez desde su muerte, pero de pronto frunció el ceño y sintió que el miedo oprimía su corazón.

            Durante el día, la seguía por toda la casa y el patio trasero, pero nunca se atrevía a cruzar la puerta principal cuando ella salía a hacer los mandados. Ella comenzó a pasar más tiempo fuera de casa: se dio cuenta de que añoraba su independencia. Antes de su muerte, la presencia de él la hacía sentirse deseada y protegida, pero ahora su constante acoso la hostigaba.

            “Viejo, ¿pa’ qué sigues viniendo? ¿Dejaste algo incompleto? ¿Hay algún asunto que quieras terminar? Dime y yo te ayudo.”

            “Vieja, viejita linda, bring me clean clothes”, le dijo con un débil susurro.

            “Ash, estás muerto, ¿pa’ qué necesitas ropa?” You’re dead, you have no need of clothes, le contestó con otro susurro. Su insistente petición, que parecía escucharse cada vez más alto, la llevó al fin hacia el clóset, pero obviamente su ropa no estaba allí; la había regalado. Ahora tendría que ir a la tienda a comprar cosas de hombre y enfrentarse a la mirada de desaprobación del encargado por haber remplazado tan pronto a su marido.

            “Vieja, vieja, fix me some dinner”, le ordenó en un tono brusco. Le preparó carnitas, su platillo favorito, y lo puso sobre la mesa. Pero como un espíritu no puede comer, el plato se quedó en la mesa mosqueándose. “Vieja, viejita linda, bring me una beer”, y tenía que ir muy lejos, hasta el mercado, por la cerveza y la gente comenzó a hablar de cómo la pena la había arrastrado a la bebida. Ella destapaba la lata y la colocaba en la mesa a la altura de la silla “de él”. “Sabes muy bien que sólo tomo Dos Equis”, se quejaba. Poco a poco se le iba el gas a la cerveza y ella estuvo tentada a tomársela para aliviar su creciente muina.

            El atender al espíritu de su marido parecía consumir todo su tiempo por lo que  comenzó a tener resentimiento por tanto lavarle, cocinarle y arreglarle el cabello y las uñas de los pies cuando estaba vivo. Precisamente cuando ella creía haberse liberado, el pisser había regresado mucho más latoso ahora que estaba muerto. Su único consuelo era que ya no tendría que lavar sus apestosos calcetines ni sus asquerosos calzones. Sin embargo, su VIDA de apenas dos semanas ya no le pertenecía y quería recuperarla. ¿Qué podría hacer para que su marido muerto ya no regresara?

            Un buen día se inspiró y construyó un modelo de su casa a escala con palitos de paleta y resistol, luego lo colocó en un lugar estratégico a medio camino entre su casa y la tumba de su marido en el panteón cercano, pues había escuchado que los espíritus no tienen sentido de la perspectiva. Su silla rechinaba en el pórtico mientras ella se mecía y esperaba a que el espanto entrara en la casa de a mentiras con la idea de que era la verdadera.

            Esa noche no tuvo que despertarse. En la mañana, al despertar, se dio la vuelta hacia el lado donde su marido había dormido los últimos treinta años. Su espíritu ya no estaba ahí y tampoco lo estuvo la noche siguiente. Entonces se sentó a esperarlo, con la preocupación de no saber qué hacer con la casa del espíritu. ¿Y si alguien encontraba la casita, abría la puerta por accidente y dejaba escapar al espíritu? O podría pasar que alguna fuerza de la naturaleza, como un viento fuerte o un incendio, destruyera la endeble casita y así su marido muerto podría salir. La casita era demasiado frágil para enterrarla: la tierra podría aplastarla y el espíritu se escaparía. Tenía que ponerla en un lugar seguro, lejos del alcance de los demás. Después de meditarlo durante varios días, llevó con mucho cuidado la casita al interior de su casa y la metió bajo la cama, donde los malosos de sus sobrinos y sobrinas no pudieran encontrarla. Esa noche una voz la despertó. Ya no era un murmullo, era un aviso: “Vieja, vieja, quiero hacerte el amor”. Creyó sentir el cuerpo de él moviéndose agitado bajo las sábanas y, medio dormida y medio despierta, lo empujaba, pero él continuaba montándola. Se rehusó durante toda la noche a abrir las piernas.

            A la mañana siguiente despertó con profundas heridas en las comisuras de los labios y con golpes en la boca, los senos, los brazos y la parte interna de los muslos. Se asomó debajo de la cama y vio que la puerta de la casita estaba abierta. Anduvo de un cuarto a otro looking for el pinche desgraciado, diciéndose entre dientes, ¿cómo voy a deshacerme de este cabrón? Pensó en ir con la curandera local para pedirle que mandara el alma de su marido hasta el pozo o, mejor aún, hasta el infierno. Ja, o quizá podría buscar un ghostbuster en la sección amarilla. Ah no, eso lo haría ella sola: con palabras y maldiciones.

            Decidió estar preparada en caso de que sus palabras fallaran. Así que esa noche enchufó la aspiradora y la puso cerca de su cama. Con trabajos se puso dos de sus fajas más justas, varios pantalones y tres camisas, apagó la luz, se metió a la cama y esperó. De un salto salió de la cama, fue a buscar su pesada sartén de fierro y la escondió bajo las sábanas por si su marido adquiría más consistencia de la que la aspiradora podía succionar. Come on cabrón, vente hijo de tu madre, dijo ella susurrando.

 Título original The Ghost Trap, versión de Edith Verónica Luna

 

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