Principio de recreación


Principio de recreación

En unos meses cumpliré 10 años como traductora. Hace tiempo al terminar la licenciatura, me enfrenté, como todos, al complejo mundo de la competencia: traductores egresados del “Harmon Hall” que cobran 30 pesos por cuartilla (por un trabajo deficiente), secretarias bilingües o asistentes que alguna vez fueron a Estados Unidos y que, por creer que hablan otra lengua, ya son aptas para traducir, o incluso funcionarios que trabajan en embajadas y, por tedio, traducen para generar con esto, no una profesionalización de este oficio, sino para crear relaciones públicas. Aquello que se llama “competencia desleal”.

En mi currículo figuran trabajos como locutora, guionista para radio, representante de un call center, coordinadora de programas culturales, y asistente de un historiador. Desde el inicio y hasta este día, he tenido que ejercer la traducción de manera velada, siempre en mis ratos libres y, por desgracia, estoy casi segura de que todos en esta sala sabemos lo que es tener que desempeñar un trabajo administrativo, que nos permita dedicarnos a esta profesión en cualquiera de sus vertientes.

Así como he desempeñado funciones diversas, también he tenido que traducir textos de distintas especialidades: he traducido manuales para bombas de tornillo excéntrico, libros sobre la relación del omega 3 y el déficit de atención, guías turísticas para cápsulas de radio y, entre lo más sublime, obras de teatro, cuentos y poemas… dicha variedad de textos me dejó algún tipo de aprendizaje y un conjunto de sustanciosos glosarios imposibles de conseguir en internet u otros diccionarios por lo especializado del texto original.

Fue hasta hace muy poco que se me presentó la oportunidad de dedicarme a la traducción literaria. Hace tres años, me vi beneficiada con una beca para estudiar la maestría en España, de 2007 a 2009, una excelente oportunidad de conocer el mundo de la traducción para editoriales, el ámbito de los derechos de autor y de los “hacedores” de libros, además de los más importantes traductores en lengua española como Miguel Sáenz, María Teresa Gallego Urrutia o Roser Berdagué.  Una beca que me dejó muchísimo aprendizaje y que les recomendaría enormemente, de seguir vigente el programa. Fue, a partir de entonces, que quedé cautivada por la infinidad de posibilidades que este ámbito ofrece, y comprendí a fondo lo que implica el difícil mundo de la traducción, desde los derechos de autor hasta las libertades mismas de un traductor dentro del texto, teniendo en cuenta, claro, la visión y opinión del autor del libro.

Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira, de Jaspreet Singh, mi primera traducción publicada, es un libro de cuentos que describe el entorno de un país que atraviesa conflictos geopolíticos, individuos que padecen una realidad poscolonial violenta y cruel, sin distinciones de edad o género. Todo ello se nos presenta en catorce historias cuyas redes isotópicas son la guerra, la partición de la India y la comida, y cuyos actores principales son tres niños cachemires que habitan la frontera con Pakistán.

Cuando comencé a leer este libro no pude hacer más que estremecerme ante una realidad que se me presentaba demasiado lejana, una narrativa que mezclaba el hindi con el inglés, los saris con las kurtas, el arroz con azafrán. Con la primera lectura mis ojos quedaron inundados de tonos rojizos, ocres, de los resabios del aroma a chai y una sensación de calidez que provenía del lenguaje sutil y respetuoso de la India. Ya la segunda lectura me dejó ver las dificultades de explicar el significado de las palabras en hindi manteniendo la alternancia de lenguas, de describir platillos con ingredientes que no existen en nuestro continente, de hacer comprensible en nuestra cultura la gravedad de tomar la decisión de no llevar turbante, pues es obligatorio una vez que un niño entra a la pubertad y, lo más complicado, investigar su religión, la historia de todas las deidades porque cada una de ellas ostenta una enorme importancia en la vida cotidiana de la India.

Todo esto representaba un reto del que no me puedo jactar de haber llevado a buen término. En realidad, cuando releí el libro para escribir este pequeño texto, me di cuenta de la inmensa cantidad de cosas que ahora podría cambiar. Y no es que sea una traducción incorrecta, sino que se trata de una traducción mejorable que nunca dejará de serlo porque sé que conforme pasen los años y mi conocimiento del mundo vaya cambiando, las decisiones cambiarán también. Es una labor completamente equiparable al trabajo autoral de cualquier escritor que jamás deja de corregir sus textos, aún después de publicados. De ahí que haya segundas y terceras ediciones “corregidas y aumentadas”.

En cuanto al proceso en el cual comencé a traducir, tuve que hablar por teléfono y cartearme infinitamente con el autor (tuve la fortuna de que estuviera vivo). En determinado momento me presentaron a Dora Sales, una de las traductoras de Vikram Chandra, quien, en su infinita misericordia, me recomendó un glosario creado por los traductores de Sacred Games, publicado en la red para su libre consulta. Para resolver el tema de la alternancia de lenguas, decidí no eliminar las palabras en hindi, ni ponerlas en cursiva, pues la presencia de estas palabras es claramente un elemento de ruptura, de subversión contra el imperio inglés (kangri, pheran). Así las cosas, recurrí, en cambio a poner, junto a la palabra en hindi, su equivalente en español. Fui a restaurantes iraníes y pakistaníes a falta de un lugar de comida cachemira. Me amarré una toalla a manera de turbante para saber qué se sentía cargar con ese peso en la cabeza. Reescribí slogans de productos cachemires en español y los hice sonar como un comercial. Tuve, incluso, que escribir un poema, escribir una canción… y encima cantarla para ver si sonaba bien.

Después vinieron las correcciones, las lecturas de los amigos, del editor, las observaciones de algún aficionado a las armas, las críticas de un poeta al que le molestaba la repetición de la frase “montañas lejanas”, repetición totalmente justificable, entre muchos otros. Debo decir que todos los comentarios fueron muy útiles, incluso aquellos de los que hice caso omiso. Lo que es más, este tipo de enfrentamientos nos obligan a justificar decisiones que quizá tomamos porque nos “suenan bien”, y a realizar siempre ese ejercicio, que alguna vez Miguel Sáenz llamó, de teoría contra intuición.

Ahora bien, si analizamos los procesos que llevan a cabo los traductores literarios, veremos que todos pasamos por lo mismo, trátese de la especialidad que se trate. Primera lectura: de reconocimiento, ver de qué se trata; segunda lectura: de identificación de problemas, de investigación; tercera lectura: de proceso traductológico, cuarta: de primera revisión general del resultado, y quinta: de segunda revisión con algún lector del original o, en su defecto, con el editor o especialista y, si bien nos va, termina aquí. Si no, como en una receta, agregar revisiones al gusto.

Es entonces nuestra tarea, la de traducir lo que los enfants terribles catalogan de “intraducible” –entendiendo por enfants terribles los poetas o ensayistas que creen que “traducen”–. Nuestro quehacer implica reproducir una obra ya escrita para que, como dijera Carlos Fortea, la entiendan quienes no la entendían, a sabiendas de que no la entenderán quienes ya la entendían. Debemos llevar al lector a una realidad que no es la suya, mantener esa extrañeza que tanto se quiso borrar en la antigüedad; ya dejamos atrás la época en la que el traductor debía pasar inadvertido. Asumo el riesgo de sonar reaccionaria y digo que es momento de reivindicar la imagen del traductor, de no tener que explicar al editor que su “manual de estilo” no aplica para todas las traducciones, de exigir nuestro nombre en la portada y de tomar decisiones dentro del texto que será nuestra creación. Afortunadamente no son éstos gritos ahogados y hay editoriales nuevas que parecen prestar oídos, como es el caso de Jus y de Páramo ediciones, dos grupos editoriales que han apostado por defender y promover a los traductores mexicanos. Existen ahora organizaciones como el Colegio de Traductores de México que abogarán porque así sea: con un organismo como éste se busca combatir la competencia desleal que les comentaba al principio, los traductores podrán solicitar apoyo jurídico, consejos profesionales, estarán incluidos en un directorio de traductores y podrán participar en un foro o espacio donde aquellos que cuentan con más experiencia podrán guiar a quienes comienzan su camino en esta profesión.

En el caso de la traducción de obras literarias, hay que hacer hincapié, por ejemplo, en la firma de un contrato, en tener cuidado de no publicar textos completos en la red, a menos de que sea una traducción publicada y, por lo tanto, protegida y con permiso de la editorial. Hay que estipular durante cuánto tiempo la editorial podrá hacer reimpresiones de nuestra traducción y en qué momento podemos ofrecerla, si fuera el caso, a otra editorial. Si nosotros no conocemos nuestros derechos, nadie más los exigirá por nosotros.

Así pues, desde nuestra propia trinchera ayudemos a que se entienda a la traducción como una modalidad de la transformación de una obra literaria, una recreación cuya integridad, al igual que la obra original, debe ser respetada. Y sobre todo a replantear la presencia del traductor en la vida cultural del país. Comprendamos que a lo largo de milenios ha sido la tarea del traductor comunicar a las distintas culturas entre sí para lograr el enriquecimiento de la sociedad en general.

[Texto leído por Edith Verónica Luna en la presentación del Colegio de Traductores de México, A.C. en el marco de la celebración del Día Internacional del Traductor.]

Edith Verónica Luna

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