Los hilos de la traducción


Los hilos de la traducción

Por Edith Verónica Luna

En la mujer de los cinco elefantes, excelente película alemana presentada hace unas semanas en la cineteca nacional, la traductora de nada menos que Fiodor Dostoievsky, hace una analogía entre el texto y el textil. Swetlana Geie dice que el texto es como una tela recién lavada cuyos hilos han perdido su lugar en el conjunto. Para ella, es el traductor quien tiene que ayudar a esos hilos a retomar su camino dentro del texto planchándolos con suavidad y teniendo muy en cuenta el camino que habían trazado en un principio.

Abusando de dicha analogía, pienso entonces en la inmensa cantidad de telas e hilos que requieren distintos tipos de lavado y de planchado; habrá unos tejidos más delicados que otros y no debemos sustraernos a la posibilidad de que, de vez en cuando, echemos a perder una camisa por habernos saltado algún paso del proceso o no haber mirado la etiqueta. Es decir que, antes de aprender a lavar y planchar a la perfección, vamos a encoger y a quemar una que otra prenda.

Ante este panorama, y después de 9 años como traductora de todo tipo de textos, he dejado de creer ciegamente, y quizá también de manera prematura, en las teorías y métodos de la traducción pues como dice Klaus Reichert “Toda teoría puede refutarse con otra; todo método sirve sólo para el ejemplo con que se trata de demostrar”.[1] Si bien me he desprendido hasta cierto punto de la norma, debo decir que las reglas de la traducción me han sido utilísimas para adaptarme a las necesidades de cada texto. Y es que el texto es el que exige determinado “método”, si es que le podemos llamar así, de traducción; exige ciertos matices, repeticiones y es la sensibilidad de cada uno de nosotros la que nos dirá cómo resolver aquellas dificultades a las que nos enfrentamos.

Miguel Sáenz, por ejemplo, traductor de Günter Grass, Thomas Bernhard y Salman Rushdie, afirma que es el autor quien ha de comenzar por hacer su obra traducible. Pero es el mismo Sáenz quien reconoce que hay autores que nunca piensan en su traductor y que incluso utilizan la alternancia de lenguas de manera intencional para añadir “color” a sus textos, además de crear normas que van contra el genio de la lengua en la que escriben. Todos ellos, problemas que el traductor debe pensar cómo sortear. En su traducción de Shalimar el payaso, (urdu e inglés) Sáenz recurre al uso de un glosario de 30 palabras aproximadamente que se repiten de manera más o menos constante a lo largo de toda la novela. En otra de sus traducciones, Helada, de Thomas Bernhard, (escrita originalmente en alemán) Sáenz recurre a las explicaciones dentro del mismo texto, a la castellanización de ciertos conceptos y, a lo largo de las 395 páginas, utiliza únicamente una nota al pie para explicar lo que es un Groschen, una moneda austriaca. Mientras tanto, en Tala, novela de ese mismo autor, Sáenz recurre a la construcción gramatical alemana y decide enviar el verbo al final de las oraciones en castellano para mantener el ritmo germano. Por su parte, la traductora de Murakami, Lourdes Porta, al trabajar Sauce ciego, mujer dormida, se ve prácticamente obligada a incluir unas cinco notas al pie en un libro de 473 páginas para ilustrar al lector sobre las costumbres japonesas que resultarían un tanto extensas dentro del texto.

Estos ejemplos nos ofrecen una visión amplia de los recursos de los que puede echar mano el traductor para hacer justicia al texto original, además de resaltar el hecho de que cada obra requerirá cierto acercamiento, tratamiento, método. Si analizamos los procesos que llevan a cabo los traductores, veremos que todos pasamos por lo mismo, trátese de la especialidad que se trate. Primera lectura: de reconocimiento, segunda lectura: de identificación de problemas, tercera lectura: de proceso traductológico, cuarta: de primera revisión, quinta: de segunda revisión con algún lector del original o, en su defecto, con el editor o especialista y, si bien nos va, termina aquí. Si no, como en una receta, agregar al gusto.

Es entonces nuestra tarea, la de traducir lo “intraducible”, llevar al lector a una realidad que no es la suya, mantener esa extrañeza que tanto se quiso borrar en la antigüedad con argumentos como “me sigue sonando a francés”, como hacíamos en el salón de clases; ya dejamos atrás la época en la que el traductor debía pasar inadvertido, es momento de hacernos escuchar, de no tener que explicar al editor que su “manual de estilo” no aplica para todas las traducciones, de exigir nuestro nombre en la portada y de tomar decisiones dentro del texto que será nuestra creación. Afortunadamente no son éstos gritos ahogados y hay editoriales nuevas que parecen prestar oídos. Aspiremos a la traducción perfecta y única a sabiendas de que no podemos alcanzarla.

En los últimos minutos de La mujer de los cinco elefantes vemos a la traductora rodeada de libros, lápices, café y una máquina de escribir posada sobre un escritorio junto a la ventana y no dejé de pensar que esa silueta a contraluz podría ser de cualquiera de nosotros enfrentándonos a nuestros propios elefantes.



[1] Klaus, Reichert, Die unendliche Aufgabe, Cal Hanser, Munich, 2003.

Texto leído el pasado 27 de octubre con los alumnos de 7° y 8° semestre de la carrera de traducción en el Instituto Superior de Intérpretes y Traductores.

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