Un ejercicio con Joyce (traducción comentada)

Foto: Ángel (Fotos que importan)

“The Dead”, Dubliners
(Excerpt)

His own identity was fading out into a grey impalpable world: the solid world itself, which these dead had one time reared and lived in, was dissolving and dwindling.

A few light taps upon the pane made him turn to the window. It had begun to snow again. He watched sleepily the flakes, silver and dark, falling obliquely against the lamp-light. The time had come for him to set out on his journey westward. Yes, the newspapers were right: snow was general all over Ireland. It was falling on every part of the dark central plain, on the treeless hills, falling softly upon the Bog of Allen and, farther westward, softly falling into the dark mutinous Shannon waves. It was falling, too, upon every part of the lonely churchyard on the hill where Michael Furey lay buried. It lay thickly drifted on the crooked crosses and headstones, on the spears of the little gate, on the barren thorns. His soul swooned slowly as he heard the snow falling faintly through the universe and faintly falling, like the descent of their last end, upon all the living and the dead.

“Los muertos”, Dublineses
(Fragmento)

Traducción de Edith Verónica Luna

Su propia identidad se fundía en un inasible mundo gris; aquél mundo sólido en el que alguna vez estos muertos se habían criado y en el que habían habitado se disolvía y menguaba.

Los breves golpes en el cristal le hicieron volver los ojos a la ventana. De nuevo, había comenzado a nevar. Observó, adormilado, los copos titilantes que caían en diagonal a contraluz frente al farol. Le había llegado la hora, debía iniciar su viaje hacia el ocaso. Sí, los diarios tenían razón: nevaba en toda Irlanda. La nieve caía en todos los rincones de la sombría planicie central, sobre las colinas pelonas; caía delicadamente sobre la ciénaga de Allen y más allá del ocaso, delicadamente caía en las oscuras y sinuosas olas del Shannon. Caía también en todos los rincones del solitario camposanto de la colina, donde yacía el cadáver de Michael Furey. La nieve yacía densamente acumulada en las desvencijadas cruces y en las lápidas, en las lanzas de la pequeña verja, en los estériles espinos. Su espíritu se desvanecía despacio mientras escuchaba la nieve que caía débilmente a través del universo y débilmente caía, como el descenso hacia su destino final, sobre todos los vivos y muertos.

Comentario (o, mejor dicho, justificación)

En los textos escritos durante el siglo XX, la época del Modernismo, la literatura buscaba subvertir la tradición y la moral victorianas. Al igual que en el arte impresionista de aquel tiempo, el sonido y el color tienen una gran importancia y una presencia evidente en la narrativa de esta época. Del mismo modo, la naturaleza y la belleza representan un papel vital en los textos de este periodo; además, el orden en el que se presentan los elementos, las sensaciones que estos provocan y la “textura” en general de lo que se cuenta tiene que respetarse en todos los sentidos pues el objetivo de dicha disposición es provocar sensaciones específicas en el lector.

Dicho lo anterior, es crucial trasladar estos elementos a la traducción en español; por eso, en la versión que propongo de este fragmento, intenté mantener la estructura e imitar la coherencia del texto respetando, en la medida de lo posible, la ubicación de los elementos cohesivos. En mi versión, por ejemplo, decidí respetar la cantidad de veces que aparece el verbo “falling” (siete), aunque no en el tiempo verbal original, ya que el gerundio no resulta natural en español y en ocasiones es incluso incorrecto. Así, en la traducción se lee en siete ocasiones “caía”, tanto en singular, como en plural.

Por otra parte, el autor crea una atmósfera lóbrega y oscura mediante el uso de adjetivos como “grey” y “dark”, usados varias veces a lo largo de este fragmento. También, con verbos como “fading”, “dwindling” y “disolving”, Joyce introduce la idea de algo que se adelgaza y que pierde su solidez, como si se tratara de la misma muerte, que también aparece en repetidas ocasiones en forma de sustantivo o de verbo. Por este motivo, opté por verbos como “desvanecer”, “disolver”, “menguar” y los adverbios “débilmente” y “delicadamente”, porque creo que esto ayuda a crear una sensación de lentitud, de falta de vida, ausencia de fuerza y de movimiento.

Como hemos visto la repetición es sumamente importante en el texto y hay que poner especial atención en la forma en la que Joyce combina los verbos, los adjetivos y los adverbios. Por ejemplo, en el original hay ocho adverbios terminados en -mente debido a que esta forma es más recurrente en inglés; sin embargo, para no cansar al lector del español, lo utilicé únicamente en cinco ocasiones.

Para terminar, debo decir que hubo un par de libertades que me tomé con el texto. La primera es el caso de “the flakes, silver and dark”, donde, a pesar de ser un juego evidente con la luz y la oscuridad, decidí usar el verbo “titilar”, que a mi parecer da la idea de algo que se enciende y se apaga. La segunda libertad tiene que ver con la frase “upon every part of the lonely churchyard on the hill where Michael Furey lay buried”, que decidí traducir como “en todos los rincones del solitario camposanto de la colina, donde yacía el cadáver de Michael Furey”, ya que quería continuar con la idea de la muerte pero darle un poco más de fuerza convirtiendo en sujeto al cadáver de Michael Furey y no a él mismo, como sucede en el original.

Como siempre se ha dicho, habrá tantas traducciones de un mismo texto, como traductores hay. La que presento aquí es mi versión después de un ejercicio que todos los que nos dedicamos a esta profesión debemos hacer.

Bienvenidos los comentarios y las propuestas, que siempre servirán para enriquecer la práctica de la traducción.

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Diario íntimo de un lector atemporal

Cuando se habla del tiempo hablamos también de espacio, el uno contiene al otro y no al contrario, como afirma la gran mayoría de quienes hablan de estas categorías, cuya banalidad no comienza con su mención, sino con la aplicación que se hace de ellas. En un principio, leer a Borges ya significa darle y entregarle un sinfín de categorías e ideas absolutas de las que él mismo habla. Sobre sus propias filias y fobias.

Los tenues apuntes de Borges sobre Menard y su obra maestra, cumplen con un ejercicio lleno de divertimentos. Así pues, como dice Borges, el trabajo de Menard no fue el de un gran expositor de la obra de alguien más, sino que se convirtió en un excelente lector de sí mismo y por ende de otro que fue Cervantes y, a la vez, no Cervantes sino el Quijote. Al parecer, si comenzamos a realizar una paráfrasis mucho más extensa terminaríamos con un juego grandilocuente de aporías del cual nadie saldría vencedor.

Borges habla del tiempo y de cómo éste influye en los acontecimientos de la vida en una u otra disciplina cualquiera que ésta sea. Habla de literatura, claro, y no de física, habla de Leibniz, Russell, Descartes y de la misma manera habla del Quijote, no como personajes de la historia que toma al azar sino porque son éstos quienes han modificado el pensamiento del hombre. ¿Por qué y para qué leerlos? Sin duda el destino moral, ético, político y cultural está basado en la visión de estos hombres. Desde las Mónadas de Leibniz, pasando por la aporía de Zenón de Elea, que Russell tuvo a bien resolver, y llegando al planteamiento clave que toda investigación debe tener, la duda, en Descartes, el razonamiento se ha modificado. Leerlos, pues, aplicarles una hermenéutica y una paráfrasis, resulta mucho más complejo en ciertas ocasiones.

El desarrollo de la técnica del siglo XX ha derribado las teorías de muchos. Entre ellos Leibniz y Russell. Si tomamos en cuenta que los escritos del primero no han sido rescatados del todo y que parte de sus escritos siguen sin ser bien leídos, debido al mal estado en que se encontraban, y que además se ha declarado que no será sino hasta el 2035 cuando se publiquen por completo la obras de éste, sobre las cuales se ha basado gran parte del pensamiento filosófico de los últimos trescientos años, imaginemos cómo será la caída de los teoremas de la gran mayoría de los pensadores de los siglos XVII al XXI. Hoy mismo no leemos a Descartes como lo haría un francés del siglo XIX, debido a que damos por sentada la duda como una capacidad natural y no se necesita leer el método cartesiano para llegar a una hipótesis. El tiempo (o en este caso los medios de comunicación, que son quienes que mejor utilizan el tiempo), se ha encargado de reducir la información a tal grado que el conocimiento se da de manera que no pasa por el escrutinio humano.

Menard, pues, es un símbolo más que un personaje, esto es, es una herramienta para decir o dar algunas declaraciones sobre la visión de un mundo que no tiene nada que ver con éste. El juego de Borges tiene, por lo pronto, cinco planos. La existencia del Quijote predetermina la existencia de Menard, que a su vez es dado a la luz por un narrador que tiene por padre a Borges. El quinto elemento es el lector que permanece a la espera de emitir un juicio; el lector que lee lo que ha dejado Borges y lo que este autor quiere que sepamos de Menard.

Borges traduce en Menard sus preocupaciones acerca de la lectura de los otros hacia la obra de un autor monumental. Ahora bien, aquí el juego recae en sí mismo: quienes lean a Borges leerán a otro Borges que no es el mismo que fue. El autor de “El jardín de los senderos que se bifurcan”, habla de la traducción, de la reescritura en todo caso, que hace un autor al tiempo de leerlo y simplemente de experimentar con él.

¿Qué podemos decir de eso? Traducir es hacer en gran medida un ejercicio hermenéutico de un documento que resiste muy poco análisis. El traductor por sí mismo interpreta el texto que lee con base en sus propias experiencias y conocimientos del mundo, pero esto no le autoriza a lacerar o modificar un texto, sino a hacer un esfuerzo por expandir su propia visión de la realidad e intentar ponerse en el lugar del otro. Menard, en este caso, no laceró, ese personaje quimera, leyó, según Borges, y configuró la obra de Cervantes para que fuera comprendida de otra manera. Su manera en su tiempo. Con base en esta idea, podríamos pensar que sería posible que cada generación tuviera su propia traducción de un clásico extranjero. Dumas no será el mismo en 300 años para quienes vivan en esa época. Es decir, el lenguaje que utilice quien traduzca a este autor será otro que tendrá más o menos carga semántica en las palabras, simplemente por el tiempo, siempre y cuando ni el sentido ni el significado cambien. Si un personaje dice “qué bello es el campo” en una traducción en este tiempo, quizá en 300 años decir “qué hermoso es el campo” resulte más apropiado.

Para Borges el juego de la ambivalencia recae en el lector-creador al decir:

Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

“… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.”

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

“… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.”

Este juego tiene que ver con un trabajo de paráfrasis escarnio. Por un lado, juega a la re-significación sobre un texto y, por otro, se ríe de quien espera un cambio notable. Ahora bien, ese escarnio funciona en otro sentido contra otras circunstancias que tienen que ver con la traducción. Nos dice Borges que Menard tradujo todo como si fuera lo mismo, pero que ya no era lo mismo. Borges, en este cuento, finge decir que se debe traducir un original a la otra lengua como está en el original, la cual podría tomarse como una idea válida sobre traducción pero él mismo se ciñó a la traducción “libre”, con lo que descubrimos que lo que hace en realidad es defender su postura y criticar la literalidad por una sencilla razón: el trabajo del traductor no se puede limitar a ser el transcriptor de un texto, para el Borges poeta, la traducción debe sonar bien y emular la imagen poética del original no su significado.

Apegarse a un texto al traducir representa siempre un problema en el que entra en juego la ética del traductor, pues no siempre va a traducir a grandes escritores; existen muchas obras débiles y sin estilo que no pueden traducirse sin que se ponga de por medio la capacidad del traductor.

En el siguiente ejemplo práctico tomado del catálogo de Arte de Filadelfia, publicado como un Best Seller en los Estados Unidos, se escribe lo siguiente en la cita número 7 del apartado dedicado a Diego Rivera:

[“To explain further, of one of the lithos Diego Rivera decided on a different kind paper after printing fifty with the result that those fifty remain a part and Diego has gone ahead, because it is a heavy paper and suitable, and printed a pale yellow background and they really are more effective than an edition of 100”].[1]

El problema en este caso es el inglés. Esto no podría traducirse de la misma manera en el español, aunque se diga que no debe traducirse lo que no está en el original. Si fuéramos en todo caso a traducir de manera literal el texto en cuestión, el problema y la crítica descansarían en la pobre capacidad del traductor pues sería tan ilegible en español como lo es en inglés. Quien lea el texto no dirá que el libro es malo, sino que el traductor es incompetente. ¿Qué debe hacer entonces el traductor?

El apegarse a un texto o no constituye un problema en ambos sentidos, pues, si se respeta demasiado el original, no seríamos fieles a las necesidades de la lengua término y, por otro lado, si se hace a un lado todo lo que conforma la naturaleza de un texto, con el pretexto de que está demasiado alejado de la realidad del lector final, estamos traicionando a ambas realidades y a ambas lenguas.

El traductor, por tanto, debe respetar contextos y costumbres del libro por sí mismo tratando de no “castrar” un escrito por difícil que esto parezca. En No Country for Old Men (No es país para viejos), de Cormac McCarthy, el traductor elimina por completo una frase que es básica para comprender el contexto social y político: “European Theatre”. Dicha frase encierra un momento histórico de los personajes. Lo más lógico y fácil hubiera sido traducirlo como “Segunda Guerra Mundial”, y no desaparecer la frase. La única razón posible para que quien hizo la traducción haya optado por eliminarla es, al parecer, el creer que nadie comprendería a qué se hace referencia. Otra inconveniencia de esta traducción, es la ausencia de acento de los personajes, el cual le da un carácter y un ritmo a la novela que no tiene la traducción.

Así, traducir de manera literal una buena obra es podarla en su propia naturaleza, pero tomarse la libertad de eliminar y cambiar el original también tiene sus inconvenientes. Cada traductor buscará siempre defender su postura ante el texto, sin embargo, es muy difícil ser coherente en todo momento, pues si se busca recrear todos los elementos que conforman la obra, entramos en un juego de nunca acabar en el que tendremos que sacrificar forma o fondo en algún momento. Por otra parte, significar obras de otra lengua que son pésimas desde su punto de origen, no pueden ser dejadas de lado. ¿Qué hacer? Pues depende…

Este texto no pretende probar ni explicar nada, se dan ejemplos y se intenta dar soluciones criticando, al mismo tiempo, las soluciones que otros han dado ante el mismo problema y es evidente que parecerá que existen contradicciones evidentes a lo largo de este texto. Pero así es la traducción.

A final de cuentas todo termina por ser un juego serio. Cada traducción exigirá un método, un registro, un tono, explicaciones u omisiones y, en ese sentido, se refuerza la idea de que habrá “tantas versiones como traductores hay”. Pero como dice Menard, el tiempo será quien dicte cuáles serán las nuevas doctrinas, cuáles las grandes obras de la literatura y cuáles las mejores traducciones de una época.

 

Ensayo a cuatro manos de Edith Verónica LunaHugo Alfredo Hinojosa

[1] John Ittmann, ed. México and Modern Printmaking A Revolution in the Graphic Arts, 1920 to 1950, 2006.