Dónde encontrar a tu musa



Texto, Jaspreet Singh

Traducción, Edith Verónica Luna

La primera vez que visité Banff se debió en realidad a una respuesta instantánea a una foto granulosa en blanco y negro que aparecía en un libro titulado Los emigrantes, de W. G. Sebald. A mi llegada, (con el libro aún en mis manos) me quedé de pie frente al castillo colonial de un edificio que aparecía en la foto. En las faldas de la montaña mágica se encontraba el ominoso, y aun así atractivo, Banff Springs Hotel, pero parecía un hospital siquiátrico, y la montaña a sus espaldas era quizá la única en el mundo con un nombre sacado de la tabla periódica. Sulfuro me daba permiso absoluto de nombrar a todas las montañas cercanas: cadmio, estroncio, aluminio… en realidad eran colinas pero de cualquier modo las llamaba montañas.

Las calles en el pueblo tenían, todas, nombres de animales salvajes (Lince, Gopher, Lobo, Puma). Desde Grizzly, noté un delicado velo de neblina y puntos color durazno en la cresta verde de la montaña Sulfuro. Grumos de oro puro, como si estuviera ardiendo en llamas. Ahora mismo no recuerdo muy bien si fue Mary o Chantal en el Parks museum quien me presentó un árbol llamado alerce: una peculiar conífera que durante el otoño se pone amarilla y suelta sus agujas (tan suaves como el material que producen los gusanos de seda). Los alerces me hicieron escalar la montaña Sulfuro, y en mi camino también “descubrí” un observatorio de rayos cósmicos.

Siempre que recuerdo Banff, no puedo evitar pensar en rayos cósmicos y neutrinos. Partículas que te atraviesan. Sin carga. Casi sin masa. Partículas fantasma. Están por todos lados, invisibles, bailando. Decenas y cientos de ellas atraviesan las cosas, inmersas en el tiempo y atraviesan las cosas, inmersas en el espacio; el ESPACIO en Banff pertenece en realidad a los nativos y los nombres que ellos dieron a las montañas siguen teniendo una presencia fantasmal. Sleeping Buffalo, el búfalo durmiente, el nombre original de la montaña que los ingenieros coloniales llamaron Tunnel mountain. El hacedor de nubes, un nombre más apropiado y hermoso para Mount Rundle, nombrado así en honor de un misionero.

Una roca es la razón por la que seguí volviendo a Banff. Hace una docena de años, durante el cambio de milenio, me paré sobre una roca sin nombre, apenas visible, que había emergido del Bow River y, por una extraña razón, fue ahí donde pensé acerca del recuerdo y el olvido, y tomé la humilde decisión de convertirme en escritor.

Excerpt from Where to find your muse at The Globe and Mail 

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