Diario de una residencia artística (IV)


14 de septiembre de 2013


Por Edith Verónica Luna

Hoy no puedo hablar de traducción, ni de los problemas que presenta la novela, ni de lo maravilloso que es olvidarse del trabajo y dedicarse a traducir lo que a uno le gusta.

Hace unas semanas perdí dos capítulos de la traducción por usar una memoria en PC y en mac. Eso fue lo que me dijeron. Al parecer hay conflictos irreconciliables entre estos dos sistemas y me han jodido la vida. Tengo la esperanza, aún, de que algún amigo erudito me rescate lo que se pueda rescatar del inservible usb. Quise intentar volver a traducir lo perdido pero la frustración de no recordar cómo lo solucioné me agotó. Así que punto y aparte.

Por otro lado, hace dos días Augusto se cayó del escritorio. Era cuestión de tiempo, creo, y no supe prevenir. Al no tener cuna, ni un lugar apropiado para que durmiera, le improvisé una camita sobre el escritorio. Puse dos sillas como contención pero nunca conté con que los bebés crecen y se desarrollan a diario.

Despertó, yo me hacía un té, lo escuché arañar la silla como acostumbra cuando recién despierta, pues estira la manita y coge lo que está a su alcance. Me di la vuelta y miré cómo se caía; mis ojos no vieron, pero mi cerebro supo, horas después, que se había empujado con la pierna apoyándose en la pared.

A correr. Nadie en community services. Toco una puerta tras otra preguntando por un doctor. Para entonces ya dejó de llorar y me mira asustado, más por mi cara, creo, que por el golpe. Nos piden un coche y me caigo frente a la puerta, con el bebé en  brazos. No estás pensando, me dice el policía, estás pensando sólo en el bebé. Y yo me digo: no estoy pensando desde hace días, porque tenía que haberlo visto venir.

Nos llevan al hospital, que no está lejos, pero caminando son 20 minutos montaña abajo. Nos reciben y nos atienden. Está perfecto, ríe y balbucea; el doctor revisa reflejos y le toca un par de veces la cabeza. Cinco minutos de revisión. “Está bien, ponle hielo”, dice. De la cuenta ni hablar, fueron los quince minutos más caros de mi vida, pero era su cabeza, es mi hijo.

Al día siguiente me sentí fatigada, con dolor de cabeza, terrible. De la traducción nada, en stand by. Apenas hoy, dos días después, vuelvo al texto pero no avanzo. Me quedan quince días. Veremos si este lugar, además de la magia, también hace milagros.

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