Cuidado con lo que pides

En esta ocasión dejaré de lado la solemnidad de las presentaciones y noticias referentes al gremio para hablar con mayor soltura de las sensaciones, angustias y temores que a veces experimenta una traductora, o sea yo, porque alguno que otro se sentirá identificado pero no quiero generalizar.

Puesto que suelo trabajar en compañía únicamente de una computadora, plantas y, en el mejor de los casos, una mascota (yo tengo un pez), el hecho de tener que hablar en público o aparecer en un programa de radio o televisión resulta un reto. No es gratuito que haya elegido ser traductora y no intérprete. El estrés de una cabina, una libreta de consecutiva y la presión del chuchotage no se llevaban en absoluto con mi gastritis y mi TOC (odiaba que las líneas de la libreta de consecutiva quedaran chuecas y que los simbolitos salieran espantosos por las prisas). Así que cuando me preguntaron en primer año para dónde iba casi grité: traducción.

Y traducción ha sido desde el 2001. Porque al traducir, estoy cómoda, en silencio, hablo sola, repito las frases en ambas lenguas y hasta me cambia la voz dependiendo del idioma. Lo que es más, puedo articular frases que parecieran sacadas de una obra de teatro isabelino y parar el meñique al beber el café. Pero cuando tengo una conversación en inglés o francés, a veces se me traba la lengua, no encuentro la palabra y me empiezo a poner de nervios. En una ocasión, supe hablar perfecto de equities and shares, pero olvidé cómo decir paraguas y dos horas después me vino a la mente. Ya qué.

De modo que la traducción, la mayor parte del tiempo, me da el espacio y la tranquilidad que me gusta tener para trabajar. Puedo pasar dos días pensando en la solución para una palabra o frase y escribirla finalmente con plena convicción. Al terminar, sé que quizá querré modificar el texto en unas semanas, o en unos meses, pero me quedo conforme porque no lo he hecho a la carrera y aunque es perfectible tampoco está tan mal.

Así he publicado ya cuatro libros: dos de literatura, uno de investigación y uno más de divulgación. Y aquí es donde se pone dura la cosa. Cuando traducimos un libro de divulgación o investigación, difícilmente aparecerá nuestro nombre en portada o en la página legal; nos habrán pagado por encargo y, por lo tanto, los derechos de ese trabajo van dentro del precio. Pero cuando una traducción literaria tiene la fortuna de publicarse en una editorial conocida, lleva consigo una gran responsabilidad, no sólo en lo que respecta a la producción física del libro, sino también al trabajo de difusión que debe haber detrás de él.

Muchos de nosotros hemos pasado bastante tiempo luchando para que se reivindique la figura del traductor, para recibir un pago justo, un contrato donde no perdamos los derechos sobre nuestra obra y donde el traductor reciba el reconocimiento que le corresponde. Por fortuna, y por el bien de la mayoría, esto está sucediendo cada vez con mayor frecuencia.

Hoy en día hay editoriales que acceden a poner el nombre del traductor en la portada y añadir una breve semblanza en el interior, incluso invitan a los traductores a las presentaciones de los libros cuando antes se le solía dar prioridad al autor, que es quien lo escribió. De modo que cuando nos toca estar sentados en la mesa, junto al autor que sonríe y se siente como pez en el agua, nos descolocamos en cierta medida: manos sudorosas, voz temblorosa y amnesia selectiva. Yo he tenido la suerte de haber estado ya en dos Ferias Internacionales del Libro y en un programa de televisión. No tengo problemas para leer un texto redactado previamente (al menos dos semanas antes), pero cuando tengo que improvisar me duele el estómago, la cabeza se me llena de nubes y se me olvida hasta de qué trata el libro. Más de uno dirá “pero si no es para tanto, preocúpate cuando te fusiles el texto”. Y sí, no es para tanto pero para uno que trabaja de noche, en pants, que no está acostumbrado a los reflectores ni escuchar su nombre en un micrófono, es bastante.

¿Que si lo volvería a hacer? Sí, definitivo, lo de menos es acostumbrarse a hacer el ridículo, lo importante es que las editoriales y los encargados de la difusión en medios estén tomando en cuenta al traductor para que hable de su trabajo, de su profesión, y que se deje de pensar que la traducción es un hobbie que puede hacer cualquier improvisado. No me gusta peinarme, ni ponerme ropa apretada ni tacones, pero agradezco enormemente el gesto, las invitaciones a presentar mi trabajo y asumo las consecuencias de haber deseado y estar luchando por una reivindicación de la figura del traductor.

Edith Verónica Luna

Chef, de Jaspreet Singh, en la colección Ultramar de la UNAM

El pasado 30 de noviembre, en el marco de la Feria del Libro de Guadalajara 2016, se llevó a cabo la presentación de tres títulos que se suman a la colección Ultramar de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Entre ellos se encuentra Chef, del autor indocanadiense Jaspreet Singh, publicado por primera vez en inglés en 2008 y traducido ahora al español por Edith Verónica Luna. En palabras de la traductora, Chef es un libro que describe el entorno de un país que atraviesa conflictos geopolíticos, describe individuos que padecen una realidad poscolonial violenta y cruel, sin distinciones de edad o género; todo ello a lo largo de 28 capítulos cuyas redes isotópicas son la guerra, la partición de la India  y la comida.

Del mismo modo, se presentaron Las novelas Las personas de mi ciudad y Las silenciosas islas Chagos, de los autores Andrea Alí y Shenaz Patel, respectivamente, en traducción de Andrea Muriel y Rocío Ugalde, que se agregan a la lista de los otros cuatro títulos que conforman la colección: La higuera encantada, de Marco Micone, traducida por Rocío Ugalde; Miércoles en la noche, en el fin del mundo, de Hélène Rioux, traducida por Roberto Rueda Monreal, Todo era adiós, de Gurjinder Basran y  El ojo desnudo, de Yoko Tawada, ambas con traducción de Emma Julieta Barreiro.

Ultramar es una colección que nace con el objetivo de difundir narrativa creada allende las fronteras que genere tendencias a nivel internacional y destaque por su calidad narrativa, y, al mismo tiempo, busca ponderar el trabajo de los traductores literarios. En ella se incluyen narradores cuya condición geográfica, planteamiento estético o circunstancia lingüística y cultural, puedan considerarse “transmarinos”, de acuerdo con Javier Martínez, titular de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial. Es así como la UNAM apuesta por difundir literatura extranjera de calidad respaldando a su vez el trabajo de los traductores.

 

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Asociación Mexicana de Traductores Literarios, A.C.

 

El pasado 23 de septiembre, en la Ciudad de México, se firmó el acta constitutiva con la cual se creó formalmente la AMETLI, Asociación Mexicana de Traductores Literarios, A.C.

Es así como nace la primera asociación mexicana dedicada a reivindicar la figura del traductor literario en aras de un mundo más incluyente. Entre sus propósitos principales se encuentran defender y salvaguardar los derechos de sus asociados, promover y mantener remuneraciones justas para el gremio, así como una mayor visibilidad del traductor literario.

La AMETLI  propone también la creación de un centro de formación para traductores literarios, que abarcaría diferentes ámbitos, como la novela, narrativa, poesía, teatro, ensayo, novela gráfica y subtitulaje. Con todo ello, la asociación contribuirá a lograr un mayor reconocimiento del oficio de la traducción en México y el mundo. 

 

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Diecisiete Tomates y otras historias de Cachemira

Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira de Jaspreet Singh

José Luis Prado

@pepepradog

Si la memoria no me falla, allá por el año de 2008, surgió una editorial dirigida por el escritor y crítico Geney Beltrán que tan solo con su nombre, hacía voltear la cabeza: Páramo ediciones. Entre los libros que se anunciaban estaban los autores brasileños Graciliano Ramos y Joaquim Maria Machado de Asis, los dramaturgos Heiner Müller y Henrik Ibsen, al lado del guionista Barry Gifford, y el de un autor nacido en la India, Jaspreet Singh. De todos éstos, yo solo conozco dos libros, Angustia de Graciliano Ramos yDiecisiete tomates y otras historias de Cachemira (Páramo ediciones, 2008) de Jaspreet Singh. El aviso en la última página del libro, daba cuenta de un refinado gusto literario. Recuerdo que por esos años surgieron varios proyectos editoriales, en 2005 Almadía salió a la escena y, pocos años antes, en 2002 la editorial Sexto Piso comenzó su trabajo editorial. Esos años fueron, para el mundo del libro en México, la cara de una empresa romántica y algunos tuvieron el irremediable camino del fracaso.

Del catálogo perdido, a medio camino, de Páramo ediciones y la propuesta inquieta por un gusto que se antojaba orientado por la calidad, rescato a Jaspreet Singh quien, en el año 1990, se trasladó a Canadá y después realizó estudios en la Universidad de Calgary, en Alberta. A pesar de estar escrito en inglés y en otra zona geográfica, su libro se siente profundamente dirigido a los lectores en su India natal.

Salman Rushdie también escribió sobre el valle de Cachemira. Los libros de Rushdie y Singh proporcionan el parpadeo intermitente de aquel infierno histórico que sólo la ficción bien lograda puede dar muestra. El libro de Jaspreet Singh está compuesto por catorce cuentos vinculados, se trata de historias que cruzan personajes para leer el libro de modo unitario.

Diecisiete tomates y otras historias de Cachemira

El texto que abre el libro ‘El ángulo del cielo’, tiene la estructura de una parábola, igual que el que lo cierra ‘El cielo’, de tal manera que al terminar de leer nos sentimos en una especie de limbo, como aquel viejo que escalaba la montaña para volverse más liviano que el aire.

‘Diecisiete tomates’ casi mantiene la misma fórmula, aunque en este hay un mayor desarrollo de los personajes, un narrador video nos permite entrar a la historia por medio de una narración indirecta, lo cual es interesante porque elimina juicios y permite mostrar las acciones de los pequeños y la percepción que tienen de la violencia.

‘Capitán Faiz’ es un cuento que desagarra, se trata de dos soldados enemigos unidos por amor al poeta de Cachemira, Agha Shahid Ali, un profundo símbolo se asoma por las páginas. El amor adolescente es el tema que permea en ‘Estudiante de jardines”.

Los relatos son pequeñas ventanas a otros mundos, a la cosmovisión que parece extraña frente a nuestros ojos occidentales; vale la pena hacer un acercamiento a otras voces como las de Jaspreet Singh.

 

Tomado de: http://ladobe.com.mx/tag/diecisiete-tomates-y-otras-historias-de-cachemira/